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Artículo de Teresa Durán
TAILANDIA EN EL CORAZON

Teresa Durán. Profesora de TaiJi y QiQong. Discípula de Tew Bunnag

Estaba nerviosa.  Había sido un viaje de muchas horas y aterrizaría en Bangkok...

Habíamos quedado con Tew que me esperaría en un punto concreto del Aeropuerto.

No podía imaginarme cómo era la ciudad que me esperaba, ni las personas con las que iba a compartir mi entusiasmo por ayudar a...todavía no sabía a qué.

Cuando empezamos a atravesar la ciudad (y eso cuesta mucho tiempo) me dio la sensación de “Blade Runner”, la película de ciencia ficción. En aquel momento era de día, pero Bangkok es una ciudad de contrastes y esto no es ningún tópico.

Grandes, enormes rascacielos vestidos de vidrio, junto con otros esqueletos de aspirantes a ser agujas contra el cielo, inacabados por falta de dinero en la última crisis económica.

Más abajo, a nivel del suelo, techos dorados de templos y casas de madera, hechas para navegar junto a los canales, como los pequeños botes de los mercados flotantes. Pero ahora se había secado el agua, construido encima y éllas parecían huérfanas perdidas en un caos de edificios modernos y gente que se trasladaba constantemente de un sitio a otro.

Hacia ahí se me iban los ojos en mis idas y venidas por la ciudad: sus pequeños rincones todavía no engullidos por el hambre consumista y sus gentes, nómadas de sí mismas en esa urge que, vista desde fuera, parece un sinsentido.

Y en medio del caos de la gente, el ruido, los coches... pequeñas islas de PAZ: los WATS, los Templos budistas. 

 Por muy ruidoso que fuera el entorno, al traspasar la entrada y entrar en sus galerías y patios, se producía el milagro: SILENCIO, ARMONÍA.

 Es ahí donde los tailandeses se refugian y vuelven a su centro; vuelven a ser éllos.

 Bangkok es un monstruo que ha engullido la simplicidad de mente del campesino tailandés y su necesidad de conexión con el sentido espiritual de la vida.  En los WATS vuelven a sus rituales y se reconcilian con su parte divina.

 Esos pequeños momentos les devuelven el sentido de su existencia y les dan la fuerza necesaria para salir de nuevo a la frenética vida cotidiana.

La casa donde iba a vivir (la “casa de las chicas”), en Soi 40, era un modesto edificio en un barrio anodino, cruzado como todo Bangkok , por calles constantemente traficadas por coches, taxis, moto-taxi, autobuses...

Mi cuarto era sencillo. Para mí tenía lo necesario y era privilegiada: estaba sola. Lo cual era una atracción para las pequeñas de aquella comunidad de mujeres-niñas; que subían conmigo para ser curadas o, simplemente sentarse en la cama y disfrutar de ser “únicas” por unos instantes.

Siempre que regresaba por las tardes de mi curso de masaje, de mi trabajo en el Mercy Centre o de comprar, la casa y sus alrededores bullían de actividad. Algunas niñas jugaban en la calle, otras hacían sus deberes escolares ayudadas por las monitoras, otras se bañaban, muchas pintaban... Cada día me sorprendía su vitalidad.

Yo cenaba en la cocina, donde “mamá-la-cocinera” siempre me guardaba algún plato PICANTE para recordarme que mi garganta podía soportar un poco más.  Yo tosía y lloraba y todo el mundo se reía.

Entre las sonrisas, habían caras casi siempre serias, de ojos tristes y profundos

Con mucha historia vivida, a pesar de sus cortas edades.

El Mercy Centre*, a su manera, también es un WAT, un templo.

Situado en uno de los tantos arrabales de miseria que genera cualquier cíclope como Bangkok, al traspasar sus puertas y entrar en el patio con el pequeño estanque, el jardín y las galerías de los pisos superiores que se abren hacia dentro, tienes más la sensación de estar en un patio de vecindad que en un Centro donde la Vida y la Muerte se entrelazan cada día.

Es luminoso y alegre, pues los espacios, tanto de oficinas y enfermería como las estancias con pacientes, están delimitados por grandes cristales. 

A la entrada de cada recinto, puedes adivinar cuantas personas y quién se encuentra dentro, pues siempre hay una hilera de zapatos y zapatitos... como en toda Tailandia.

Es una forma de respeto ir descalzo en el interior de las casas, el lugar donde duermes, el recinto de trabajo y, por supuesto, en los wats.

Desde el primer día me impresionó la serenidad y la dignidad en la mirada y en la expresión corporal de algunos de los niños internos. Así como la capacidad de casi todos de reir y disfrutar de los juegos.  Yo hablaba en catalán y ellos en tai. ¡Y nos entendíamos a la perfección!.

Su cuidadora es para mí la expresión de un ángel en la tierra. Maravillosamente simple y sin estridencias. Tranquila ante los acontecimientos de cualquier índole que se van presentando durante el día.

Era un PLACER que me dejara compartir aquel tiempo con “mis” queridos niños (el “niño-monje”, la “niña-coqueta”, la “niña mono”) y nuestros “Nescafés”.

Dividía mi tiempo entre ellos y el pabellón de mujeres, donde les daba masajes. Y donde sentía el privilegio de poder aliviarles en algo su duro peregrinaje hacia el final. Nos entendíamos con gestos y las ganas de comunicarnos.

A veces hablaba con la médico, con el enfermero (un amoroso mariquita, caído del cielo de los gais). O discutía con el padre Joe, que me llamaba “esa loca española”.

No me pude despedir de los niños, ni de las mujeres; no quería que me vieran llorar, ni que adivinaran la sensación de que les abandonaba que crecía en mí a medida que se acercaba el día de mi partida. A los pequeños les enseñé un mapa de España y les dije que vivía allí.

Me despedí con dulces y bebidas de mis “otras niñas” y chicas de la casa que fue mi hogar en esas semanas.

Milagrosamente cogí el avión (creí que lo perdía por exceso de equipaje, en el último momento).  Volví a mi vida cotidiana con alegría en el corazón. Todo había ido bien... ¿Bien?. En Octubre mi organismo hizo “crack” y comprendí entre lágrimas por qué.  Aún hoy, cuando miro las fotos de aquellos días, me sube un “no sé qué” a la garganta.

No hice nada especial; simplemente estuve allí, pasé por sus vidas y éllos por la mía. Fueron éllos los que me dieron “algo”.

¿Volver?. Con los ojos cerrados. Ell@s se lo merecen.

Artículo escrito por Teresa Durán
 
* Human Development Foundation
Es una fundación nacida en 1972 para ayudar a los pobres en los arrabales de Bangkok (Tailandia). MERCY CENTER es un centro interdisciplinar de esta fundación que es al mismo tiempo una casa de acogida para enfermos/as de SIDA; un hogar para madres y niños con SIDA; una escuela y un lugar de protección para los niños que viven en la calle.