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Estaba
nerviosa. Había sido
un viaje de muchas horas y aterrizaría en Bangkok...
Habíamos
quedado con Tew que me esperaría en un punto concreto del
Aeropuerto.
No
podía imaginarme cómo era la ciudad que me esperaba, ni las
personas con las que iba a compartir mi entusiasmo por ayudar a...todavía
no sabía a qué.
Cuando
empezamos a atravesar la ciudad (y eso cuesta mucho tiempo) me dio
la sensación de “Blade Runner”, la película de ciencia
ficción.
En aquel momento era de día, pero Bangkok es una ciudad de
contrastes y esto no es ningún tópico.
Grandes,
enormes rascacielos vestidos de vidrio, junto con otros esqueletos
de aspirantes a ser agujas contra el cielo, inacabados por falta
de dinero en la última crisis económica.
Más
abajo, a nivel del suelo, techos dorados de templos y casas de
madera, hechas para navegar junto a los canales, como los pequeños
botes de los mercados flotantes. Pero ahora se había secado el
agua, construido encima y éllas parecían huérfanas perdidas en
un caos de edificios modernos y gente que se trasladaba
constantemente de un sitio a otro.
Hacia
ahí se me iban los ojos en mis idas y venidas por la ciudad: sus
pequeños rincones todavía no engullidos por el hambre consumista
y sus gentes, nómadas de sí mismas en esa urge que, vista desde
fuera, parece un sinsentido.
Y
en medio del caos de la gente, el ruido, los coches... pequeñas
islas de PAZ: los WATS, los Templos budistas.
Por
muy ruidoso que fuera el entorno, al traspasar la entrada y entrar
en sus galerías y patios, se producía el milagro: SILENCIO,
ARMONÍA.
Es
ahí donde los tailandeses se refugian y vuelven a su centro;
vuelven a ser éllos.
Bangkok
es un monstruo que ha engullido la simplicidad de mente del
campesino tailandés y su necesidad de conexión con el sentido
espiritual de la vida. En
los WATS vuelven a sus rituales y se reconcilian con su parte
divina.
Esos
pequeños momentos les devuelven el sentido de su existencia y les
dan la fuerza necesaria para salir de nuevo a la frenética vida
cotidiana.
La
casa donde iba a vivir (la “casa de las chicas”), en Soi 40,
era un modesto edificio en un barrio anodino, cruzado como todo
Bangkok , por calles constantemente traficadas por coches, taxis,
moto-taxi, autobuses...
Mi
cuarto era sencillo. Para mí tenía lo necesario y era
privilegiada: estaba sola. Lo cual era una atracción para las
pequeñas de aquella comunidad de mujeres-niñas; que subían
conmigo para ser curadas o, simplemente sentarse en la cama y
disfrutar de ser “únicas” por unos instantes.
Siempre
que regresaba por las tardes de mi curso de masaje, de mi trabajo
en el Mercy Centre o de comprar, la casa y sus alrededores bullían
de actividad. Algunas niñas jugaban en la calle, otras hacían
sus deberes escolares ayudadas por las monitoras, otras se bañaban,
muchas pintaban... Cada día me sorprendía su vitalidad.
Yo
cenaba en la cocina, donde “mamá-la-cocinera” siempre me
guardaba algún plato PICANTE para recordarme que mi garganta podía
soportar un poco más. Yo
tosía y lloraba y todo el mundo se reía.

Entre
las sonrisas, habían caras casi siempre serias, de ojos tristes y
profundos
Con
mucha historia vivida, a pesar de sus cortas edades.
El
Mercy Centre*, a su manera, también es un WAT, un templo.
Situado
en uno de los tantos arrabales de miseria que genera cualquier cíclope
como Bangkok, al traspasar sus puertas y entrar en el patio con el
pequeño estanque, el jardín y las galerías de los pisos
superiores que se abren hacia dentro, tienes más la sensación de
estar en un patio de vecindad que en un Centro donde la Vida y la
Muerte se entrelazan cada día.
Es
luminoso y alegre, pues los espacios, tanto de oficinas y enfermería
como las estancias con pacientes, están delimitados por grandes
cristales.
A
la entrada de cada recinto, puedes adivinar cuantas personas y quién
se encuentra dentro, pues siempre hay una hilera de zapatos y
zapatitos... como en toda Tailandia.
Es
una forma de respeto ir descalzo en el interior de las casas, el
lugar donde duermes, el recinto de trabajo y, por supuesto, en los
wats.
Desde
el primer día me impresionó la serenidad y la dignidad en la
mirada y en la expresión corporal de algunos de los niños
internos. Así como la capacidad de casi todos de reir y disfrutar
de los juegos. Yo
hablaba en catalán y ellos en tai. ¡Y nos entendíamos a la
perfección!.
Su
cuidadora es para mí la expresión de un ángel en la tierra.
Maravillosamente simple y sin estridencias. Tranquila ante los
acontecimientos de cualquier índole que se van presentando
durante el día.
Era
un PLACER que me dejara compartir aquel tiempo con “mis”
queridos niños (el “niño-monje”, la “niña-coqueta”, la
“niña mono”) y nuestros “Nescafés”.
Dividía
mi tiempo entre ellos y el pabellón de mujeres, donde les daba
masajes. Y donde sentía el privilegio de poder aliviarles en algo
su duro peregrinaje hacia el final. Nos entendíamos con gestos y
las ganas de comunicarnos.
A
veces hablaba con la médico, con el enfermero (un amoroso
mariquita, caído del cielo de los gais). O discutía con el padre
Joe, que me llamaba “esa loca española”.
No
me pude despedir de los niños, ni de las mujeres; no quería que
me vieran llorar, ni que adivinaran la sensación de que les
abandonaba que crecía en mí a medida que se acercaba el día de
mi partida. A los pequeños les enseñé un mapa de España y les
dije que vivía allí.
Me
despedí con dulces y bebidas de mis “otras niñas” y chicas
de la casa que fue mi hogar en esas semanas.
Milagrosamente
cogí el avión (creí que lo perdía por exceso de equipaje, en
el último momento). Volví
a mi vida cotidiana con alegría en el corazón. Todo había ido
bien... ¿Bien?. En Octubre mi organismo hizo “crack” y
comprendí entre lágrimas por qué. Aún hoy, cuando miro las fotos de aquellos días, me sube un
“no sé qué” a la garganta.
No
hice nada especial; simplemente estuve allí, pasé por sus vidas
y éllos por la mía. Fueron éllos los que me dieron “algo”.
¿Volver?.
Con los ojos cerrados. Ell@s se lo
merecen.
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