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Esta es la historia de una vivencia personal que
guardo como un preciado tesoro y que revivo en los momentos en que
este camino se me hace demasiado duro y difícil. Revivirla, me da
fuerzas para seguir adelante.
Es la historia de cómo mi abuelo, con su
muerte, me mostró el camino.
Mi abuelo fue un personaje entrañable, quizás
porqué me cambiaba los pañales cuando yo era un bebé, quizás
porqué gracias a él, durante mucho tiempo pensé que la guerra
era un divertido juego que consistía en galopar montado en un
caballo blanco por inmensas praderas (eso sí, el caballo robado a
la Benemérita), ir a las casas de campo por la noche a robar
gallinas para dar de comer a la tropa, o en emocionantes partidos
de fútbol contra los nacionales entre disparo y disparo.
Cuando empecé a hacer TaiChi hace algunos años,
no tenía la menor idea de donde me había metido. Simplemente vi
a alguien practicando y me impactó la extraordinaria belleza del
movimiento, así que decidí que yo quería aprender a moverme de
aquella manera.
Durante el primer año sólo estábamos dos
alumnos en la clase, pero de tanto en tanto aparecía una chica
budista. ¡Que extraño y exótico me parecía entonces esto de
ser budista!
Mi abuelo se moría totalmente dopado en un
hospital de Barcelona, porque si no lo dormían se levantaba como
un loco de la cama alucinando guardias civiles que lo querían
matar.
La chica budista me contó que ellos creían
que cuando alguien moría, el alma abandonaba el cuerpo por el
centro de la cabeza, y que era bueno señalarle el lugar por donde
salir, así como explicarle antes al que iba a morir que debía
seguir una luz.
Todo esto seguía pareciéndome exótico,
pero ante la impotencia frente a la primera experiencia de muerte
de un ser cercano, me debió parecer algo para hacer, a falta de
alguna otra idea mejor.
Recuerdo que su última noche, la pasé en el
hospital susurrándole al oído que podía irse ya, que no tuviera
miedo, y que tan sólo tenía que seguir una luz. Me recuerdo
aterrorizada, procurando que no me oyeran ni el vecino de la cama
contigua ni su acompañante, temiendo quizás que me encerraran en
un psiquiátrico.
Por la mañana me fui, tenía cosas que hacer
y debía volver a casa, a Bianya.
Pasó el día, y justo antes de tomar el
autobús, tuve un impulso. No tenía previsto hacerlo, pero volví
al hospital. Entré en la habitación y me acerque a él. Cuando
estaba diciéndole al oído "hola, abuelo", murió. Sin
pensar, puse mi mano sobre su cabeza, y me quedé consternada
cuando, después de unos momentos, sentí una fuerza suave pero
imparable que empujaba mi mano hacia arriba. Pensé que me lo
estaba imaginando, que debía estar volviéndome loca, pero no había
duda, ahí estaba esa fuerza extraña empujando mi mano. Recuerdo
que durante los 2 o 3 días siguientes sentía continuamente la
sensación de algo que me dejó en el centro de la palma de la
mano, y que permanecía allí a pesar de frotármela. Hasta que
una noche soñé con el entierro, allí estábamos en el tanatorio,
todo era idéntico al día real excepto una cosa, mi abuelo estaba
allí en pie frente a mí, joven, guapo, elegante y sonriente.
Sonriendo me miraba y me dijo: "No sufras por mí, yo ahora
estoy muy bien, quédate tranquila".
Desde entonces supe que este mundo en el que
me había metido, el de la meditación, el del TaiChi, el de la
energía, era auténtico. Tenía una prueba, el abuelo me la había
mostrado. Y comprendí que detrás de la muerte había algo más
que el "todo se acabó". También desde entonces cuando
alguien muere, un amigo, un paciente, lo veo junto al abuelo y los
otros seres queridos que se fueron, sonriendo.
Dedicado a todos aquellos que nos han dejado
pero que siempre nos acompañan en
forma de cielo, mar, paisaje o flor.
Lidia
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