presentación directorio actividades artículos bibliografía enlaces

 
NUESTRAS ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS 
 

"El Camino y la Muerte"
por
Lidia Mañé

EL CAMINO Y LA MUERTE

 

Esta es la historia de una vivencia personal que guardo como un preciado tesoro y que revivo en los momentos en que este camino se me hace demasiado duro y difícil. Revivirla, me da fuerzas para seguir adelante.

Es la historia de cómo mi abuelo, con su muerte, me mostró el camino.

Mi abuelo fue un personaje entrañable, quizás porqué me cambiaba los pañales cuando yo era un bebé, quizás porqué gracias a él, durante mucho tiempo pensé que la guerra era un divertido juego que consistía en galopar montado en un caballo blanco por inmensas praderas (eso sí, el caballo robado a la Benemérita), ir a las casas de campo por la noche a robar gallinas para dar de comer a la tropa, o en emocionantes partidos de fútbol contra los nacionales entre disparo y disparo.

Cuando empecé a hacer TaiChi hace algunos años, no tenía la menor idea de donde me había metido. Simplemente vi a alguien practicando y me impactó la extraordinaria belleza del movimiento, así que decidí que yo quería aprender a moverme de aquella manera.

Durante el primer año sólo estábamos dos alumnos en la clase, pero de tanto en tanto aparecía una chica budista. ¡Que extraño y exótico me parecía entonces esto de ser budista!

Mi abuelo se moría totalmente dopado en un hospital de Barcelona, porque si no lo dormían se levantaba como un loco de la cama alucinando guardias civiles que lo querían matar.

La chica budista me contó que ellos creían que cuando alguien moría, el alma abandonaba el cuerpo por el centro de la cabeza, y que era bueno señalarle el lugar por donde salir, así como explicarle antes al que iba a morir que debía seguir una luz.

Todo esto seguía pareciéndome exótico, pero ante la impotencia frente a la primera experiencia de muerte de un ser cercano, me debió parecer algo para hacer, a falta de alguna otra idea mejor.

Recuerdo que su última noche, la pasé en el hospital susurrándole al oído que podía irse ya, que no tuviera miedo, y que tan sólo tenía que seguir una luz. Me recuerdo aterrorizada, procurando que no me oyeran ni el vecino de la cama contigua ni su acompañante, temiendo quizás que me encerraran en un psiquiátrico.

Por la mañana me fui, tenía cosas que hacer y debía volver a casa, a Bianya.

Pasó el día, y justo antes de tomar el autobús, tuve un impulso. No tenía previsto hacerlo, pero volví al hospital. Entré en la habitación y me acerque a él. Cuando estaba diciéndole al oído "hola, abuelo", murió. Sin pensar, puse mi mano sobre su cabeza, y me quedé consternada cuando, después de unos momentos, sentí una fuerza suave pero imparable que empujaba mi mano hacia arriba. Pensé que me lo estaba imaginando, que debía estar volviéndome loca, pero no había duda, ahí estaba esa fuerza extraña empujando mi mano. Recuerdo que durante los 2 o 3 días siguientes sentía continuamente la sensación de algo que me dejó en el centro de la palma de la mano, y que permanecía allí a pesar de frotármela. Hasta que una noche soñé con el entierro, allí estábamos en el tanatorio, todo era idéntico al día real excepto una cosa, mi abuelo estaba allí en pie frente a mí, joven, guapo, elegante y sonriente. Sonriendo me miraba y me dijo: "No sufras por mí, yo ahora estoy muy bien, quédate tranquila".

Desde entonces supe que este mundo en el que me había metido, el de la meditación, el del TaiChi, el de la energía, era auténtico. Tenía una prueba, el abuelo me la había mostrado. Y comprendí que detrás de la muerte había algo más que el "todo se acabó". También desde entonces cuando alguien muere, un amigo, un paciente, lo veo junto al abuelo y los otros seres queridos que se fueron, sonriendo.

Dedicado a todos aquellos que nos han dejado pero que siempre nos acompañan en  forma de cielo, mar, paisaje o flor.

Lidia     

Lidia Mañé