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LA
FORMA
Muchos de nosotros nos hemos acercado al
Tai Chi Chuan después de haber observado realizar la “forma”
en un parque, en un reportaje sobre China en la tv, quizás
teniendo la suerte de ver en directo a un maestro o porque un
amigo o familiar ha compartido con nosotros su “pequeña”
experiencia en el arte. Esto que se llama forma
es la encadenación de una serie de movimientos que se asemejan a
una lucha y que normalmente se practican a un ritmo lento. La
mayoría de nosotros no somos capaces de descifrar el contenido
que lleva dentro, no entendemos nada... pero quedamos cautivados
por la elegancia de sus movimientos. Sentimos algo nuevo,
expresado de otra manera, con otro lenguaje, el corporal. Lentitud
y fluidez, suavidad y firmeza, equilibrio y presencia son algunas
de sus cualidades que nos llaman la atención y despiertan en
nosotros el interés o la curiosidad: ¿lucha, danza o ritual?
Hay
muchos estilos de Tai Chi Chuan, cada uno con diferentes
formas y multitud de versiones en cada una de ellas. Se habla que
en un principio sólo fueron tres movimientos, luego trece y después
aparecieron las formas de 88 y 108 movimientos. Posteriormente la
de 24, 48...
Hay formas más explícitas que otras a
nivel marcial, más o menos adornadas, con pasos cortos o largos,
anchos o estrechos. Existen formas con espada, sable, palo corto y
largo, con abanico y seguramente seguirán surgiendo nuevas formas.
No creo que sea importante cuál o cuántas formas conozcamos; hay
quien con una forma de pocos movimientos tiene suficiente y quien
necesita conocer diferentes formas y estilos. La profundidad en
ambos casos puede llegar a ser la misma.
Se podría decir que la forma de Tai Chi
Chuan es, de alguna manera, el principio y el final de la práctica.
El principio, porque es lo primero que queremos memorizar; el
final, porque cada una de las diferentes partes de la práctica
deberían estar expresadas en ella. Diríamos entonces que la
forma es la conclusión del entrenamiento. Cuando alguien con
experiencia ve a otra persona hacer la forma no se fija tanto en
la estética o en que los movimientos sean los correctos, más
bien observa si está relajado o tenso, el enraizamiento, la
respiración, el movimiento centrado y total… incluso percibirá
el nivel de comprensión que esa persona tiene tanto en la
meditación como en la lucha.
En el Tai Chi Chuan existen tres
ritmos básicos en los que se realiza la forma. El más
conocido es el ritmo lento o ritmo Tierra-Metal en el que destacan
las cualidades de lentitud, enraizamiento y conciencia de cada
paso, cada detalle y de la totalidad. El hecho de movernos tan
despacio supone un reto para nosotros, acostumbrados a un ritmo de
vida estresante… El segundo ritmo es el de Agua, caracterizado
por la fluidez en los movimientos, los cuales se efectúan un poco
más rápido. Exige conocer bastante bien la forma al ritmo más
lento para que el movimiento no se convierta en algo confuso, sin
claridad y exagerado. El tercero, el más exigente, es el ritmo de
Fuego-Madera o ritmo de Combate, en el que el movimiento debe ser
lo más rápido, preciso y certero posible. Este último ritmo es
el más difícil y delicado de todos, y si no conseguimos que el
movimiento sea relajado nos podríamos dañar al practicarlo. Es
útil ejercitar primero por separado cada gesto para que no se
convierta en algo precipitado ni en un derroche de energía. Otra
dificultad que conlleva el ritmo de combate es llegar a encontrar
el momento oportuno (timing) en la ejecución del gesto.
En las formas de algunos estilos podemos
encontrar los tres ritmos mezclados en la misma secuencia.
Nuestra
primera clase…
Es posible memorizar una forma a partir de
un libro o un dvd pero en mi opinión es más acertado tener
contacto directo con un profesor o maestro que nos vaya
transmitiendo el arte desde lo más básico. Cuando comenzamos
clases de Tai Chi Chuan intentamos reproducir los movimientos de
nuestro profesor y descubrimos que lo que para él es tan fácil, resulta prácticamente
imposible para nosotros. Sentimos nuestra torpeza, nuestras
limitaciones; nos damos cuenta de lo “desconectados” que
estamos de nuestro propio cuerpo: la orden que parte de nuestra
mente no se corresponde con el resultado. No hay equilibrio, ni
coordinación y mucho menos precisión. La primera clase, para
muchos de nosotros, puede llegar a ser frustrante. Si esto no nos
desanima a continuar intentándolo e intuimos que este
entrenamiento nos puede beneficiar, poco a poco comenzaremos a
sentirnos dentro del cuerpo y su movimiento. De alguna manera
viviremos partes de nuestro cuerpo que estaban dormidas y calladas,
con las que nunca nos habíamos relacionado.
Otra dificultad que nos encontramos está
en memorizar la forma; nos cuesta mucho encadenar los movimientos
por falta de coordinación, de equilibrio o de memoria. Aunque
ciertas personas aprenden con bastante rapidez la secuencia, la
mayoría necesita bastante tiempo para poder realizarla sin mirar
o seguir a otra persona. Hay quien la aprende paso a paso y quien
la va aprendiendo a base de repetir la secuencia completa. De una
u otra manera necesitaremos una buena dosis de paciencia y
constancia para llegar a aprenderla.
Tras esta primera etapa pasamos a otra que
consiste en ir perfeccionando los diferentes movimientos. Aunque
hayamos conseguido memorizar la forma nos damos cuenta de que
todavía no está “habitada”... no nos sentimos fluidos en el
movimiento. Para ir “afinando” nuestra forma no nos queda otra
posibilidad que repetirla y repetirla; tanto la secuencia entera
como cada movimiento por separado. A base de insistir, los
movimientos van tomando forma. Aquí es importante no olvidarnos
de prestar atención a las transiciones entre las diferentes
posturas, son instantes en los que nos podemos distraer perdiendo
la atención, la estructura, el equilibrio o la relajación; a
veces un movimiento es muy correcto pero el paso al siguiente
gesto “rompe” la armonía. Los desplazamientos con nuestros
pies y piernas, aunque menos vistosos que los movimientos de los
brazos, pueden ser resolutivos al practicar empuje de manos o
combate… por lo que al ejecutar la forma también deberíamos
estar presentes en el lapso de tiempo que va desde que levantamos
un pie hasta que lo colocamos delante o detrás.
Un peligro en esta etapa podría ser
convertirla en algo mecánico y aburrido, nuestra mente no estará
entonces en el presente sino vagando o reaccionando. Para evitarlo
podemos poner la atención en cada repetición como si ésta fuera
diferente (que, en realidad lo es): cómo es mi respiración,
hacia dónde hago el gesto, qué ocurre con la mano que no es la
protagonista, cómo está colocado mi pie atrasado, qué me
provoca o sugiere un determinado gesto…
En este momento de ir enriqueciendo nuestra
forma creo que no deberíamos intentar reproducirla exactamente
igual a la de nuestro profesor; sería más hábil hacerlo a
partir de nuestra sensación y experiencia personal. No consiste
en convertirnos en fotocopias sino en ir desarrollando la propia
conciencia del proceso. Con ayuda de nuestro profesor y las
herramientas que nos va dando deberíamos ir investigando hasta
encontrar una expresión más natural y acorde con nuestras
características personales. Pasaremos por momentos de
descubrimiento, de estancamiento, de placer, de pereza y como he
dicho antes de aburrimiento, donde el compromiso que cogemos con
nosotros mismos es esencial para continuar..
Llega un día en el que podemos
reproducirla de una manera más o menos fluida, pero seguimos sin
entender el significado de cada postura: es el momento de comenzar
a vivirla en el sentido de
lucha. Poco a poco deberíamos conocer mejor el lenguaje
marcial y las aplicaciones de cada uno de los movimientos (y sus
transiciones). Y para ello necesitamos la práctica del empuje de
manos y el combate. No se trata de conocer mentalmente la aplicación
de un gesto, es preciso sentirlo en nosotros mismos para poder
expresarlo después en la forma. El trabajo con un compañero es
esencial para que nuestro cuerpo entienda cada gesto y cada
desplazamiento.
Este entrenamiento irá a la vez
despertando la sensibilidad en nuestra piel, músculos y huesos;
iremos haciéndonos más conscientes del espacio que necesitamos
en situaciones diferentes;
comprenderemos mejor las cualidades yin y
yang de cada movimiento y el instante en que uno se transforma en
el otro. Podremos descubrir la pequeña expresión yin dentro de
un momento yang y viceversa: la recta dentro de lo circular y el círculo
dentro de lo rectilíneo.
Es un entrenamiento que no tiene límites,
ya que según vamos profundizando en su práctica la comprensión
de sus aplicaciones se hace más fina. Al conocer el significado
de los gestos esta práctica sin duda nos llevará a educar
nuestra mente en la intención y actitud correctas a la hora de ir
ejecutando los movimientos de la forma. Deberíamos evitar, no
obstante, quedarnos atrapados en esta etapa. Una vez que nuestro
cuerpo ha asimilado el gesto marcial ya no es necesario que
nuestra mente visualice las diferentes aplicaciones. Igual que en
cualquier etapa del aprendizaje, cuando algo se llega a integrar
deberíamos dejarlo pasar sin apego; es el propio cuerpo el que lo
dirige a partir de ese momento, la mente queda libre.
Un día el profesor nos habla de la respiración
en la forma e intentamos coordinarla para que coincida con los
movimientos. Nos encontramos entonces con otra gran dificultad ya
que normalmente cuando pensamos en la respiración el movimiento
se bloquea y al revés. Por mi propia experiencia soy más
partidario de dejar que la respiración vaya llegando por sí
sola, ya que los mismos gestos nos llevarán tarde o temprano a
respirar de una manera coherente con ellos. Es decir, la respiración
se irá adaptando al movimiento. Pienso que el trabajo con el Qi
Gong nos puede ayudar mucho a la hora de que la respiración se
vaya integrando en la forma, ya que los movimientos suelen ser más
sencillos y repetitivos y no son frecuentes los desplazamientos
con las piernas.
En cambio, cuando nos referimos al ritmo
lento al realizar la forma, éste debería estar marcado por la
respiración, de manera que el movimiento se adapte a ella. Muchos
de nosotros interpretamos que una respiración sana debe ser lenta
y profunda y quizás sí, pero en muchas ocasiones nuestra
respiración no puede ser así. No deberíamos forzar nuestra
respiración para así hacer la forma más lentamente. Nuestras
preocupaciones y emociones influyen directamente en el ritmo de
nuestra respiración (respiramos como podemos en cada momento) por
lo que si controlamos la respiración para hacerla más lenta
corremos el riesgo de bloquearla y dejará de ser fluida,
perdiendo así la relajación. Prácticamente todos nosotros
tenemos algún bloqueo de tipo respiratorio (seguramente desde
nuestra infancia) que se localiza normalmente a nivel de nuestro
diafragma. A partir de este momento el resto del cuerpo se va
organizando para poder respirar siempre lo mejor posible, a costa
de irse bloqueando a otros niveles musculares, articulares… Mi
opinión es que para llegar a eliminar el bloqueo diafragmático a
través de una práctica como esta puede ser más útil primero ir
desbloqueando el resto de rigideces o contracturas debidas al
primer bloqueo, como ir quitando las capas de una cebolla. A veces
nuestra coraza muscular es tan grande que ir directamente al
centro puede estar acompañado de situaciones más o menos
desagradables; algo que podría ser interesante en una sesión de
psicoterapia pero no tanto en una clase de Tai Chi. Si nuestra
respiración no es tan lenta como nos gustaría, podemos aceptarlo
y realizar la forma al ritmo que la misma respiración nos marca;
o bien, si queremos hacer la forma muy lentamente podemos dejar la
respiración libre y sin acompañar al movimiento.
Otro aspecto a ir desarrollando en la
forma sería la presencia,
la atención en el aquí y ahora. Una vez que la forma se ha
memorizado y practicado suficientemente para que la mente no tenga
que estar pendiente de cada movimiento, ésta puede distraerse muy
fácilmente. En muchas ocasiones nos damos cuenta de que la forma
se ha hecho sola y nuestra mente ha estado divagando o estaba
atrapada en alguna preocupación. Es el momento de poner más
atención en la práctica del estado meditativo. Al ser libres de
pensar en los movimientos podemos estar atentos a todo tipo de
sensaciones, sentimientos, emociones… que van surgiendo con el
mismo movimiento; intentando no quedarnos apegados a ellos sino
observándolos un instante y dejándolos pasar. Podemos detectar
cuándo nuestra estructura se ha roto sin estar atentos a ello; o
momentos en los que sentimos claramente el fluir del qi. Puede que
descubramos qué significa para cada uno de nosotros avanzar o
retroceder; qué supone dar un puñetazo o una patada; qué sucede
cuando terminamos un movimiento y comenzamos el siguiente. Más
allá de hacer la forma impecablemente está el cómo es y cómo
vivimos el “viaje” desde que nos colocamos para hacer la forma
hasta que saludamos al finalizarla.
Llega un momento en que la forma se
transforma en la “no forma”, cuando dejamos al cuerpo
encontrar su propia expresión espontánea y genuina. No hay una
secuencia predeterminada, uno mismo no sabe cuál será el
siguiente gesto. El movimiento surge entonces de nuestro interior,
refleja nuestro estado más verdadero. Esto no quiere decir que
debemos abandonar la secuencia formal, ya que además nos une al
grupo en un lenguaje común, pero nos abre una puerta hacia el
movimiento auténtico.
Por último, no deberíamos estar únicamente
atentos a nuestro interior sino estar igualmente presentes a lo
que ocurre a nuestro alrededor, abriendo todos nuestros sentidos:
el aire en nuestra cara, el contacto con la tierra, los sonidos y
olores agradables o desagradables, el movimiento de nuestros compañeros…
es como estar en comunión consigo, con los demás y con el
entorno; buscando un estado de empatía y de conexión más allá
de uno mismo, más allá de la dualidad. Quizás éste sería el
aspecto espiritual del Tai Chi Chuan, en el que el ritual,
realizado en grupo o individualmente, sería la forma. Podríamos
hablar entonces de la forma como una oración rezada con nuestro
propio cuerpo, corazón y mente.
He intentado expresar diferentes etapas en
el aprendizaje de la forma separándolas entre sí para una mejor
comprensión; no obstante, estas etapas están en muchas ocasiones
entrelazadas y complementándose mutuamente.
Juanolo, marzo-
2006
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