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EL
EMPUJE DE MANOS

En los manuales de Tai Chi Chuan podemos ver
fotografías y dibujos explicándonos las diferentes técnicas del
empuje de manos; también encontramos explicaciones de los
diferentes aspectos que
podemos conseguir con su práctica: equilibrio, enraizamiento,
escucha del compañero, adherirnos, seguir, capacidad de ceder,
neutralizar o desviar... todos ellos aplicables al resto del
entrenamiento Tai Chi. Lo difícil es leer sobre los riesgos,
dificultades y frustraciones que nos vamos encontrando en esta
misma práctica.
Por otro lado, el hecho de estar
intercambiando con otra persona, no sólo a nivel físico sino
también a otros niveles energéticos, hace que muchas veces se
muevan sentimientos o emociones en nuestro interior; algunas
placenteras y otras no tanto.
Me gustaría comentar cómo vivo las
diferentes partes del entrenamiento del empuje de manos con
algunos posibles obstáculos que podemos encontrar en cada una de
ellas:
Las técnicas.
Cuando mencionamos el empuje de manos, lo
primero que nos viene a la cabeza son estas rutinas que
normalmente resultan incómodas de realizar. Lo más frecuente es
que nos hagan sentir rígidos y torpes cuando las practicamos; el
profesor nos habla de ceder y ser suaves, pero nos estamos
resistiendo constantemente. A lo mejor nos ha tocado un compañero
que empuja “demasiado” fuerte y al poco rato ya nos duele el
hombro (o todo el cuerpo)... nos vemos deseando que se proponga rápido
el siguiente ejercicio.
Estas rutinas suelen consistir en que uno
empuja hacia una zona del cuerpo del compañero, y éste cede (normalmente
hacia atrás) y desvía para después empujar al primero y seguir
en este juego de “dar y recibir”. Existe una gran
variedad de técnicas simples y dobles, con los pies fijos y
caminando.
Cuando practicamos las técnicas deberíamos
evitar mantener situaciones demasiado tensas. Al principio no
solemos ser conscientes de nuestra tensión por lo que no podemos
relajar lo suficiente al recibir, provocando que haya tensión
durante todo el rato que dura el ejercicio. En lugar de aguantar
sería mejor parar y hablar con nuestro compañero para pactar una
forma más relajada de realizar la técnica.
También puede suceder lo contrario: nos
encontramos en una situación demasiado “suave” en la que
ninguno de los dos tiene la intención de empujar, por lo que
tampoco hace falta recibir. Nuestro ejercicio parece un
“molinillo” que gira sin sentido y nunca nos llevará a
conocer verdaderamente la suavidad.
El aspecto del “espacio” es muy
importante a la hora de practicar las técnicas. Hay quien afirma
que se debe mantener y quien dice lo contrario. En mi opinión
ambos enfoques son válidos y deberíamos ser capaces de
combinarlos dependiendo de las circunstancias y características
de cada momento. Hay personas que tienden hacia la resistencia y
les sería muy útil practicarlas cediendo o perdiendo su espacio
al recibir; y personas con mayor tendencia a la inhibición que
sacarían mayor provecho si las realizaran manteniendo este mismo
espacio.
Por otro lado el dolor es algo que nos va a
acompañar en esta práctica pero será muy importante cómo lo
enfoquemos. No deberíamos buscarlo ni rehuirlo por el hecho de
que “duele”, ya que estaríamos actuando según nuestra
construcción mental de que el dolor es “bueno o malo”. Para
poder experimentar con el dolor creo que es acertado dejar una
puerta abierta y un espacio para que éste se pueda expresar. Por
supuesto que a nadie nos gusta sufrir el dolor, pero si lo
aceptamos y observamos iremos aprendiendo a relajar las diferentes
partes de nuestro cuerpo que contribuyen a que éste aparezca. El
dolor, de alguna manera, expresa nuestro “ruido interno”; y cómo
lo gestionemos puede hacer que sea útil en nuestro entrenamiento
tanto para mejorar nuestra técnica como nuestra estructura
corporal.
Precisamente uno de los principales riesgos
al practicar las técnicas o rutinas es hacernos daño a nivel
articular o muscular. Como el mismo nombre indica, rutina es
aquello que repetimos una y otra vez durante largo tiempo. Tras
unos minutos repitiendo lo mismo, puede que surja el aburrimiento
y la mente comience a divagar, pasando a ejecutar la técnica de
forma automática y no siendo conscientes ni del movimiento en sí
ni de la colocación de nuestros pies, rodillas, caderas... De
esta manera, además de convertirse en algo estéril (ya que al
automatizar el ejercicio será prácticamente imposible su
integración), iremos sobrecargando alguna(-s) zona de nuestro
cuerpo, pudiendo llegar a auto-lesionarnos (como ocurre
frecuentemente a nivel de nuestras rodillas o zona lumbar y
cervical).
Por otro lado podemos caer, sobretodo si
tenemos facilidad al practicar las técnicas, en desear conocer
todas las que podamos. Aparece entonces una especie de ansiedad
que nos lleva a querer aprender constantemente diferentes técnicas.
Por un lado es imposible conocer todas las versiones* y por otro,
creo que es muy difícil poder practicar y profundizar en todas
ellas. En lugar de aprender tantas podríamos intentar profundizar
en unas pocas. Por ejemplo, cuando ya llevamos un tiempo con una técnica
y la coordinación no absorbe toda nuestra atención, un ejercicio
interesante podría ser poner la conciencia en el momento de
cambio, cuando hemos terminado de empujar y nos disponemos a
recibir y viceversa. Sería una manera de vivir el “silencio”
en el cual uno se transforma en el otro... Puede que un día
descubramos que aquel compañero que empujaba tan fuerte no era sólo
porque era un bruto sino también porque se encontraba con nuestra
propia resistencia.
La práctica de las técnicas tiene la función
de ayudarnos a afinar la escucha de la intención del compañero,
haciéndonos uno con él y experimentando las respuestas más
adecuadas. Las técnicas son simplemente un instrumento para
conseguir todo esto y nunca un fin a lograr y poseer. Si damos
demasiada importancia a esta parte del entrenamiento obviando
otras en las que entra más en juego la espontaneidad, corremos el
riesgo de quedarnos en un nivel muy superficial de la práctica. Al
final la técnica debería desaparecer para dar paso a la
creatividad.
* Existen infinidad de técnicas de empuje de manos; dentro de cada estilo
de Tai Chi podemos encontrar diferentes programas más o menos
complejos.
Las aplicaciones
marciales (de dichas técnicas).
Esta parte del entrenamiento suele ser más
amena que la anterior y además nos ayuda a profundizar y
“llenar” las técnicas ya aprendidas, tanto en su ejecución
como en el sentido que toman los movimientos que estamos
realizando. Son ejercicios en los que el compañero nos da un estímulo
ya pautado y nosotros respondemos aplicando la técnica que
corresponde (o un movimiento de la forma de Tai Chi). Se trata de
repetirlo también muchas veces de manera que podamos ir
perfeccionando el movimiento cada vez más, hasta que consigamos
realizarlo de la manera más relajada posible.
Al repetir la aplicación tantas veces
podemos de nuevo caer en lo automático y distraernos. Para
evitarlo es muy importante el papel del compañero o sparring.
Cuando estamos dando el estímulo y nos han hecho la aplicación
cuatro o cinco veces, muchas veces aparece un mecanismo automático
e inconsciente que hace que nos resistamos (porque conocemos lo
que nos van a hacer) o que demos un estímulo demasiado rápido y
fuerte para la capacidad de respuesta del otro; estamos
compitiendo con él, no queremos caer más.
De la misma manera podemos exagerar el
resultado del ejercicio o incluso dejarnos caer antes de que el
otro haya podido hacer nada. En este caso el que está haciendo la
aplicación no podrá llegar a sentir lo que hace ya que “no lo
hace”.
Algunas veces no damos el estímulo bien
porque nos hemos distraído, haciendo que la información que le
llega al otro sea errónea para la aplicación que debe realizar
(y que de todas formas realizará porque es el ejercicio que
toca). De esta manera el que está haciendo la aplicación estará
educando su cuerpo para dar una respuesta equivocada o incluso
resistirse.
En
todos estos casos hay una falta de conciencia del ejercicio en sí
y del papel que nos ha tocado. El compañero debe estar atento a
dar el estímulo con la máxima precisión posible y no demasiado
duro para que el otro pueda hacer su trabajo, pero sin perder la
intención del supuesto ataque que debe realizar. Y por supuesto
debe estar dispuesto a “caer” cuantas veces haga falta
mientras el otro practica la aplicación (podría ser interesante
experimentar sobre el papel del que cae: ¿cómo vivimos el caer,
la frustración, el perder? ¿en qué momentos de nuestra vida nos
sentimos así...?).
Creo que si estamos atentos a este tipo de
cosas cuando nos toca este papel, ambos podemos salir beneficiados:
él conseguirá integrar la técnica que está practicando y
nosotros estaremos trabajando la atención a un nivel más
profundo, con nuestra competitividad y nuestro ego, quitándonos
importancia y aprendiendo a ser un poco más generosos. Si nos
ocupamos de que nuestro compañero aprenda más, recibiremos lo
mismo de él haciendo el intercambio mucho más rico y provechoso.
Ejercicios de sensibilidad
Son ejercicios con los que iremos adquiriendo
diferentes sensibilidades como la adherencia, el seguir al otro,
el ser “pegajoso”, el unirse... Cuando realizamos la lucha
mantenemos continuamente el contacto con el compañero. Los
brazos (y el resto del cuerpo) se convierten en nuestros “ojos y
antenas” que nos avisarán de la intención del otro. Se trata
de ir educando la sensibilidad de nuestra piel, que debido al
predominio del sentido de la vista, no está muy desarrollada.
Esto será muy útil en la lucha ya que podremos “sentir” el
ataque del compañero un instante antes de que lo “veamos”.
Estos ejercicios nos ayudarán también a
entender el enraizamiento, el “lleno y el vacío”. Con ellos
aprenderemos a empujar con menos esfuerzo, a utilizar la fuerza
del compañero, recurriendo a la estructura y las mecánicas
corporales en lugar de aplicar la tensión de nuestros músculos.
El riesgo aquí es que al no haber tanto
compromiso de lucha podemos perder el sentido y la intención
marcial al realizarlos. Para que esto no suceda debemos evitar
cualquier automatismo que nos lleve a “mover por mover” los
brazos.
Las posiciones estáticas
Aunque
no sólo se practican dentro del empuje de manos, las posiciones
estáticas tienen mucho que aportar a este entrenamiento, tanto a
nivel de relajación como de actitud en la lucha. Hay diferentes
posiciones de brazos y piernas siendo la más conocida la de
“abrazar el árbol”. Se pueden practicar con diferentes
enfoques, terapéuticos y marciales; con visualizaciones o sin
ellas, con los ojos abiertos o cerrados, con diferentes tipos de
respiración... Aunque normalmente le damos mucha importancia a la
“cantidad” de minutos que nos mantenemos inmóviles, creo que
es más importante la “calidad” en la ejecución del ejercicio.
Debemos evitar pensar que si practicamos muchas horas
conseguiremos automáticamente comprender “la verdad” de estos
ejercicios. Practicarlas sin conciencia no nos hará daño pero
tampoco nos aportará demasiado.
Cuando permanecemos un tiempo de pie con los
brazos levantados no tenemos más remedio que ir ajustando nuestra
postura, para que el dolor, que no tardará mucho en aparecer, no
se nos haga insoportable. Diferentes tipos de tensiones van
apareciendo y bloqueando el sistema músculo-esquelético,
respiratorio y/o neuronal con mayor frecuencia. De nuevo
aparece el dolor.
Creo que uno de los riesgos es tomar una
actitud de “aguantar” o “resistir” en este ejercicio. Si
aguantamos un dolor nos estamos aferrando a él y lo más normal
es que éste crezca. Nuestra mente se resiste y lucha contra el
dolor mientras nuestra musculatura se pone cada vez más tensa y
el diafragma bloquea la respiración. Al resistir estamos
generando otra tensión y añadiéndola a la que ya existía. Si
entrenamos mucho podremos “aguantar” durante mucho tiempo pero
en mi opinión no se trata de eso, sino de “soltar”, de “relajar”.
Si nos encontramos “resistiendo” y no conseguimos relajar
la doble tensión que se origina, pienso que es mejor descansar y
retomar la postura tras unos minutos.
Se suele decir que cuando el dolor aparece
debemos observarlo con distancia, y va muy bien ya que
descubriremos que no es algo fijo, sino que cambia de intensidad,
de lugar, de temperatura e incluso a veces desaparece durante unos
instantes. Unas veces es agudo, otras difuso, más interno, más
externo...
Pero igual de interesante es observar cómo
reacciona nuestra mente ante el dolor: ¿se distrae?
¿se apega a él?¿está esperando a que el profesor diga
de bajar los brazos? ¿aceptamos el dolor o nos lo queremos quitar
de encima lo antes posible? ¿qué reacciones se están dando en
la mente? ¿existe lucha? Muchas veces no podemos más, sentimos
que debemos bajar los brazos, pero no lo hacemos para no
mostrarnos débiles por ejemplo. Quizás proyectamos la figura del
padre en el profesor y eso nos hace reaccionar de una manera u
otra. O quizás nos sentimos atraídos por la persona que tenemos
al lado y estamos haciéndonos los “valientes”.
De la misma manera, si observamos nuestro
cuerpo veremos que está haciendo micro-movimientos para
“escapar” del dolor. Estos pequeños movimientos se realizan
de forma automática buscando una posición más “cómoda”
(que a su vez nos llevará a un nuevo dolor). También puede
aparecer temblor debido a la rigidez y debilidad de nuestros músculos.
A algunos nos asusta este temblor y en ese caso podemos detenerlo;
sabiendo que un día puede merecer la pena no parar, atravesarlo y
ver qué sucede. Muchas veces hay sensaciones de calor, frío,
hormigueo...
Si nos fijamos a nivel emocional veremos que
a lo mejor existe miedo de no ser capaz de “aguantar” hasta
que el profesor diga el final. Quizás experimentamos frustración,
vergüenza o rabia si hemos tenido que bajar los brazos; orgullo o
euforia si lo hemos logrado. Pueden aparecer diferentes reacciones
ante la debilidad e impotencia que el dolor nos provoca: ansiedad,
tristeza, llanto...
Mi opinión es que cuando aparezca el dolor
sintamos primero si nuestra estructura está bien alineada, y en
caso contrario ajustar la postura. Nos daremos cuenta de que
siempre hay en cada uno de nosotros una o varias zonas de tensión
que hacen que nuestra posición esté descompensada. Debemos estar
atentos a corregir las veces que sean necesarias dichos bloqueos.
Buscamos la posición neutra o más relajada posible.
De todas formas aunque nuestra estructura esté
bien alineada, lo normal es que el dolor nos acompañe durante el
ejercicio. Pero este tipo de dolor será diferente: percibiremos
algo más interno, un dolor con “historia propia”. Y aquí es
donde la mente debe observar el dolor y lo que éste nos provoca:
¿qué tipos de pensamientos, imágenes, recuerdos, sentimientos...
aparecen cuando observamos el dolor? ¿qué reacciones aparecen a
nivel corporal y emocional? ¿cómo estamos viviendo el dolor?
Puede que con el tiempo vayamos quitando
capas, descubriendo cosas y profundizando en un dolor que, si fuéramos
más sensibles y perceptivos, hubiéramos detectado mucho antes.
Poco a poco la relajación va llegando a niveles más profundos.
Otro riesgo en este ejercicio es la distracción,
incluso aunque exista el dolor (siendo otra forma de negarlo).
Aunque parezca difícil podemos llegar a tener un estado de
“aletargamiento” mientras practicamos las posiciones estáticas.
En muchos de nosotros pueden más los proyectos de futuro y
recuerdos del pasado que el dolor del aquí y ahora (nuestro peso
podría ir de adelante a atrás y viceversa en un momento así).
Desaparece así nuestra “presencia interna”. Pienso que
es hábil adoptar una actitud de “alerta” y en muchos
casos también mantener los ojos abiertos. Es como si fuera a
suceder algo y no nos lo quisiéramos perder. Podemos imaginar por
ejemplo que un animal va a saltar hacia nosotros en cualquier
momento y desde cualquier dirección (ese animal representaría
cualquier aspecto interno nuestro). La sensación es como si
decidiéramos comenzar a movernos sin llegar a hacerlo: el
movimiento en la quietud (al igual que la quietud en el
movimiento cuando hacemos las técnicas, las aplicaciones y el
empuje libre). Esta actitud nos ayudará sin ninguna duda a la
hora de practicar la lucha...
En ocasiones cuando practicamos “abrazar el
árbol” poco a poco nos vamos comprimiendo, haciéndonos
“pequeños”sea de una manera tensa o relajada. Nuestra espalda,
en lugar de irse abriendo, se cierra y encoge. En este caso va
desapareciendo también nuestra “presencia externa”.
Creo que al practicar este tipo de ejercicios no debemos
perder la noción de expansión (“peng” en Tai Chi).
Nos puede ayudar la idea de estar “dentro” de la corteza del
árbol, empujándola suavemente hacia fuera en todas las
direcciones, en lugar de estar abrazando el árbol.
Cuando estamos en nuestras primeras etapas en
el tai chi es muy difícil entender que el hecho de estar de pie y
quieto durante un período más o menos largo pueda llegar a ser
uno de los principales ejercicios, pero la práctica poco a poco
va llevándonos a mirar cada vez más hacia dentro y para ello
vamos buscando también la quietud en cualquiera de sus
expresiones.
La lucha o empuje libre
Sería la conclusión del empuje de
manos. Es el ejercicio que mejor expresa hasta dónde estamos
integrando las técnicas, aplicaciones, estáticas... en nuestra
interacción con otra persona. Al realizar empuje libre con un
compañero estamos verificando continuamente nuestra comprensión
de la escucha, el enraizamiento y el equilibrio. Comprobamos la
capacidad que tenemos de “cambiar” y fluir dependiendo de quién
sea nuestro compañero (no deberíamos actuar igual si luchamos
con alguien más grande, fuerte y pesado que nosotros que si lo
hacemos con alguien más “débil”).
Tal y como se suele practicar hoy en día, es
un juego en el que aprendemos a escuchar y desequilibrar al
compañero*. Se puede realizar a ritmo lento o rápido, con
diferentes posiciones de las piernas. Normalmente se realiza sin
mover los pies lo que hace que cualquier similitud con una pelea
de la calle quede eliminada. También existe la modalidad con
pasos pero sigue siendo insuficiente a la hora de utilizarlo en
una situación real (para ello debemos profundizar en todas las
modalidades del combate).
Uno de los principales objetivos en este
ejercicio es aprender a “responder” en lugar de
“reaccionar”. Normalmente cuando alguien nos empuja
reaccionamos tarde y de manera exagerada al estímulo del compañero.
Tener la capacidad de responder proporcionadamente y con
anticipación exige relajación, escucha y saber descubrir el
momento oportuno.
El tomar una actitud más yang (estructura
mantenida, gran presencia, peso casi siempre en la pierna
adelantada incluso un poco inclinados hacia delante, comienza
empujando él, fuerza postural y relajada...) o más yin (
sin estructura clara, mucho más flexible, es muy difícil poder
apoyarse en él, peso en cualquiera de las dos piernas, deja al
otro comenzar a empujar, la fuerza suele ser más muscular y
tensa...) a la hora de practicar la lucha puede ser útil bien
para potenciar, bien para complementarnos dependiendo de que
nuestra tendencia sea más hacia la rigidez o la inhibición.
Necesitaremos un compañero para practicar
frecuentemente si queremos profundizar en la lucha. El grado de
intimidad y respeto con ese compañero debe ser elevado para que
el aprendizaje y la investigación sean posibles.
*Un
nivel más avanzado en el empuje de manos es cuando se incorporan
golpes con brazos y piernas, barridos, luxaciones e
inmovilizaciones. En las primeras etapas se evitan estas acciones
por el riesgo de lesiones que pueden conllevar.
Lo primero que nos vamos a encontrar al
practicar el empuje libre es nuestra competitividad. El patrón de
ganar o perder está muy profundamente arraigado en todos nosotros.
Podemos tomar la actitud de “ir a por todas”, resistiéndonos
si hace falta o de “inhibirnos” y dejarnos tirar. Seguramente
en nuestra historia personal encontraremos muchos ejemplos de una
actitud similar. A veces el profesor o el grupo entero nos está
mirando y sentimos una gran necesidad de demostrar que lo hacemos
bien e intentamos ganar a toda costa; otras veces el compañero
que nos ha tocado no nos gusta y no ponemos ningún interés en el
intercambio. Todo esto es una gran fuente de información de cómo
vivimos la competitividad. Puede ser que nos conformemos en
tomarlo como un juego en el que unas veces se gana y otras se
pierde, y está muy bien pero seguiremos compitiendo y dejando
pasar cualquier posibilidad de ir un poco más allá de “ser el
mejor”.
Para evitar la competitividad es útil tomar
un propósito cada vez que practicamos la lucha. Si nos
comprometemos a poner la atención en un solo aspecto de todos los
que deberíamos entrenar (por ejemplo no bloquear las caderas,
esperar a que el otro empiece a empujar, no agarrar el brazo del
otro cuando nos desequilibra...) por encima de ganar o perder, el
deseo constante de tirar al otro dará paso al verdadero
intercambio y estudio de este ejercicio.
Nos puede tocar practicar con alguien que no
para de hablar, de reír o de “corregirnos y enseñarnos”constantemente.
En todos estos casos estamos huyendo del ejercicio porque nos
aburre o porque en realidad no queremos ver lo que el ejercicio
nos puede revelar. El silencio nos puede llegar a dar miedo... Si
nos dejamos llevar por estas situaciones perderemos la oportunidad
de comprender qué hay detrás de cada ejercicio.
A veces hallamos gente para la que el
simple hecho de que alguien le coloque la mano encima supone una
vivencia muy desagradable. O gente que no es capaz de tocar, y
menos empujar al compañero. Puede que no hayan recibido el
suficiente contacto en sus vidas o puede que su experiencia con él
haya sido dura y desagradable. Si somos profesores debemos estar
muy atentos a cómo presentar el ejercicio a estas personas. No se
trata sólo de que puedan disfrutar de él, más importante es que
aunque no lo disfruten del todo, lo vean como algo útil para
ellos. Si consiguen vivir de una forma más natural el contacto
será un paso que les puede ayudar a crecer y desarrollarse un
poco más.
En muchas ocasiones nos encontramos con
practicantes que evitan este tipo de ejercicio, bien sea por miedo
o por rechazo a todo lo relacionado con la lucha porque lo
encuentran un ejercicio que tiende a la “rigidez”. Es cierto
que aparece nuestra rigidez pero no creo que sea acertado obviar
este ejercicio por ello. Si nos molesta ver nuestra propia rigidez
quizás sea porque nos demuestra que no nos desenvolvemos tan
fluidamente como pensábamos o queríamos demostrar. Para
transformar esta rigidez en fluidez deberíamos profundizar e
investigar en la práctica de aquello que nos la provoca. Cuando
vemos a algún maestro que destaca por su suavidad al hacer empuje
libre podemos pensar que éste es el único camino para llegar a
ser tan “finos”... pero si les preguntamos por su trayectoria
en el arte marcial (y así es en todos los que he conocido)
veremos que probablemente empezaron con estilos más duros y rígidos
que fueron refinando con el tiempo y la comprensión de su práctica.
Podemos sentir miedo a hacer daño al otro o
a que me hagan daño a mí, pero si miramos más hacia el interior
podremos ver que este miedo tiene una causa mucho más profunda
relacionada con nuestra manera de vivir la agresividad. Da igual
si el empuje libre, a diferencia del combate libre, apenas
presenta riesgo real de lesión (a no ser que uno de los dos
quiera realmente hacer daño al otro), es lo que sentimos en
nuestro interior lo que nos puede hacer rechazarlo. Hay quien
afirma que él no es agresivo pero no sólo lo es aquel que ataca
físicamente a otro, una mirada o un pensamiento puede llevar
mucha más carga agresiva que una patada o un empujón. La educación
que hemos recibido, el peso de nuestra cultura y las experiencias
personales a lo largo de nuestra vida marcan nuestra respuesta a
la agresividad*. Si reprimimos una práctica porque esté
relacionada con ella permitiremos que siga enquistada en nuestro
interior con gran posibilidad de hacernos daño a nosotros mismos,
a los demás o a nuestro entorno. En cambio, si nos permitimos
investigar en nuestra propia agresividad (siempre dentro de un
marco bien delimitado y con un respeto hacia uno mismo y el otro)
podremos conseguir que esta energía se mueva, se exprese y se
renueve constantemente.
*Entiendo
como agresividad una expresión más de la energía que todos
tenemos, en principio natural, beneficiosa y necesaria, pero que
puede llegar a convertirse en violencia (su expresión patológica)
si no la vivenciamos y gestionamos de una manera constructiva.
La lucha a su vez conlleva el riesgo de
lesionarnos. Normalmente es debido a la competitividad que surge
entre nosotros, la cual nos lleva a realizar demasiada fuerza en
posiciones forzadas para nuestras articulaciones. A veces hay
tanta tensión entre los brazos de ambos que sale algún golpe sin
ninguna intención y completamente involuntario, pero que
normalmente es desagradable. O un codo que se queda bloqueado ante
un giro repentino del compañero... Este tipo de lesiones se dan
sobretodo en las primeras etapas. Después, si existe respeto,
escucha y ganas de investigar disfrutando, es muy raro que nos
hagamos daño. Por lo normal, cuanto más vamos aprendiendo más
conscientes somos de lo fácil que es lesionar al otro. Y eso hace
que pongamos más atención a la hora de luchar. De lo que se
trata no es sólo de cuidarme a mí, sino también de cuidar al
otro. Es algo que a veces olvidamos cuando el otro está a
punto de desequilibrarnos y para evitarlo hacemos una maniobra
brusca dañándole en alguna parte de su cuerpo. La pregunta que
me surge es: ¿era consciente que iba a lesionar al otro y aún así
lo he hecho?
Otra cosa es lo que normalmente vemos en las
competiciones de empuje de manos. Allí, al ser el ganar lo
importante las lesiones son más frecuentes y en algunos casos son
serias y duraderas.
Pero de todas formas, si ya me he lesionado
¿cómo me lo tomo? ¿me hago la víctima; hago que no le doy
importancia (pero me ha molestado muchísimo); lo acepto; lo
expreso tranquilo; me descargo con el compañero que me ha dañado;
no vuelvo a clase mientras estoy lesionado; vengo y hago lo que
puedo...? ¿qué ha movido en mí la lesión? ¿me produce rabia,
tristeza, miedo...? Y si he sido yo el que ha lesionado al otro ¿qué
me hace sentir? ¿culpa, responsabilidad, me da igual...?
A veces es interesante echar un vistazo al
momento que estamos viviendo, ya que en muchas ocasiones las
lesiones son más frecuentes durante las diferentes crisis que
todos vamos sufriendo a lo largo de nuestra vida. Otras veces
nuestra práctica es demasiado intensa durante muchos años y se
podría decir que de
alguna manera buscamos la lesión para “parar”. Creo que de
vez en cuando es necesario “separarse” durante un tiempo de la
práctica. Al hacerlo tenemos la posibilidad de observar y vernos
en la práctica desde una distancia; ver el camino, hacia dónde
nos lleva, reflexionar, decidir si continuar en él o no. Podemos
empezar el “mejor” camino y desviarnos completamente de él
sin darnos cuenta.
Pero el empuje de manos tiene algo mucho más
importante que ofrecernos y es la práctica del interactuar,
compartir, comunicar...con alguien que no es uno mismo. Vivimos en
una sociedad donde nos estamos relacionando continuamente con
personas por diferentes motivos. La “lucha” también está en
cada una de estas relaciones, en los gestos y las palabras, en las
miradas. En todas ellas hay momentos en que debemos ceder y otros
en los que empujar.
Cuando comenzamos una disciplina estamos muy
preocupados por nosotros, aprender mucho, ser mejores, conocernos,
cambiar... y
normalmente nos olvidamos de los demás. El arte marcial, entre
otras disciplinas, nos ofrece un marco en el cual también podemos
experimentar directamente en las relaciones con diferentes compañeros,
mediante la lucha y el combate. En clase encontraremos personas
que nos despiertan las mismas reacciones automáticas que aquellas
con las que nos relacionamos a diario. Simbólicamente estará
nuestro cómplice, nuestro padre (normalmente el profesor), amigo,
madre, el vecino que nos cae mal, el que nos cae bien, el/la chic@
que nos gusta, el jefe... Podemos ver cómo nos comportamos con
cada uno de ellos, cuándo somos seductores o desagradables, con
qué personas me inhibo, con cuáles compito, por quién siento
respeto, indiferencia, rabia... estas reacciones son de una
intensidad menor y por lo tanto más fáciles de dominar, dándonos
la oportunidad de verlas con más claridad; y al no haber tanto
apego emocional con los compañeros de clase podremos
relacionarnos de diferente manera con estas reacciones. Quizás
incluso encontremos otro tipo de respuesta para un determinado estímulo
que siempre nos produce la misma pauta o patrón de comportamiento.
En clase no es muy difícil estar atento a ello y cambiar
determinados aspectos, lo complicado es poder aplicar estas nuevas
respuestas a nuestras relaciones cotidianas. La fluidez que
buscamos en el empuje libre, la escucha, la respuesta a la intención
del compañero, el respeto y el cuidado del otro son aspectos que
debiéramos intentar aplicar en la “otra realidad”, la de cada
día.
De alguna manera la lucha y la meditación
son una misma cosa. Podemos entrenar aspectos de la meditación
en la lucha y viceversa. La atención o estado de alerta que
entrenamos en el empuje libre puede ayudarnos en la meditación
donde suele ser muy fácil distraernos. Tanto en la forma, como en
los ejercicios de Qi Gong, las técnicas y aplicaciones del empuje...
donde todo está ya pautado y una vez que lo tenemos “aprendido”,
nuestra mente puede viajar tan lejos como desee. En el empuje
libre sin embargo hay un “peligro” inminente, el otro nos
puede atacar y tirar en cualquier momento, por lo que es más fácil
mantener la mente en el aquí y ahora.
Por otro lado la escucha que vayamos
desarrollando en la meditación será muy útil a la hora de
escuchar al compañero y a nosotros mismos cuando practicamos el
empuje. También el entrenamiento de lo marcial nos ayudará
cuando aparezca la lucha en la meditación: muchas veces nos
encontramos con aspectos nuestros que nos cuesta superar y es el
momento de hacer empuje libre con nuestra “sombra”: ceder,
desviar, empujar...
Puede haber momentos en los que conseguimos
“hacernos uno” con el compañero. Nos olvidamos de nosotros
mismos, el ejercicio se realiza solo y ya no hay dar ni recibir
sino intercambio constante. Son momentos en los que el ego
desaparece, no hay nada que ganar ni perder; sólo importa fluir
con el compañero. Es como un “diálogo sin palabras”: nos
comunicamos desde el interior del cuerpo, del corazón y de la
mente.
Conclusión
He intentado hacer un recorrido por los
diferentes tipos de ejercicios que utilizamos en el empuje de
manos y espero haber podido aclarar algunas dudas sobre ellos. Por
supuesto el propio arte y creatividad del profesor hará que los
diferentes apartados puedan mezclarse y adaptarse tanto a las
necesidades de cada persona o grupo como al objetivo que se busque
a la hora de presentar dicho ejercicio.
Cuando venimos de algunas disciplinas en las
que la práctica de la lucha está descartada como pueden ser la
mayoría de las prácticas de Qi Gong, la meditación, el yoga...
nos cuesta entender la relación que puede existir entre estas prácticas
y el empuje de manos. Puede ser que pensemos que si lo practicamos
comenzaremos a ser más agresivos pero en realidad es al
contrario.
Podemos obviar todo lo relacionado con la
lucha en nombre de la paz, pero ¿es esta paz de verdad?
Pretendemos llegar a “lo suave” sin mirar a lo duro, pero ¿qué
es lo que suavizaremos entonces? Cuando alguien no sabe relajar
una parte de su cuerpo es muy útil decirle que la tense primero
para después relajarla...Quizás es más hábil conocer y
atravesar nuestra propia “guerra” para llegar al estado de
armonía que tanto anhelamos.
Juanolo,
agosto-2005
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