| Tai Chi
Bodhisattva Página de los alumnos de Tew Bunnag |
ARTÍCULOS PRINCIPAL |
NUESTRAS ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS |
|
La
posición más adoptada todavía en Occidente con todo lo relacionado con
el tema de la muerte es la de mirar hacia otro lado. El miedo a la muerte,
inculcado por Por
otro lado, incluso la medicina alopática se dedica a rechazar y evitar la
muerte; toda la ciencia dedicada a la salud está enfocada a retrasar al máximo
la muerte. A veces incluso a pesar de una mala calidad de vida: recuerdo
que el médico que asistía a la madre de una amiga, la cual tenía un cáncer
terminal de páncreas, aconsejó a sus familiares para operar y así podría
vivir uno o dos meses más. Pero ¿cómo?, con una bolsa para defecar, con
intolerancia a muchos alimentos, náuseas y gran malestar generalizado. ¿Tiene
sentido todo esto? ¿No hubiera sido mejor que el mismo médico aconsejara
no operarse a la mujer y que se fuera despidiendo de los suyos, en su casa
y con mejor salud? Con
una mentalidad así, cuando llega el momento de enfrentarnos a la muerte
sentimos que no estamos preparados para ello. Si se da el caso de que se
trate de nuestra muerte, la seguiremos negando y no querremos despedirnos
de los nuestros. Si se trata de acompañar la muerte de un familiar o
amigo, nos desmoronaremos, evitaremos estar con el moribundo... y
despedirnos de él o ella nos resultará tan violento que si podemos,
hablaremos de cualquier cosa para poder pasar el momento. Lamentablemente
mi madre ha muerto de Alzheimer, lo que ha impedido un diálogo entre
nosotros, pero durante tres años he ido despidiéndome de ella, hablándole
mucho, dándole los cuidados que fue necesitando según se iba
deteriorando y agradeciéndole todo lo que me había dado en la vida.
Cuando junto con mis hermanos le estuvimos acompañando en los últimos días,
y después de decirle todas las cosas que ya le habíamos dicho muchas
veces, llegó un momento en el que simplemente consistía en estar, tocándole,
mirándole, sintiendo, esperando... Cuando llega este momento, ayuda que
seamos capaces de animarle a dar el último paso. Pienso que para el que
se va es importante sentir que los que nos quedamos aceptamos su ida, por
muy dolorosa que ésta pueda ser. A la vez, estar presente en esta
transición nos ayudará a preparar nuestra propia muerte. A
veces pensamos que tristeza y felicidad no pueden ir de la mano, pero
puedo asegurar que mientras vivía mi tristeza porque la amatxo se iba,
estaba experimentando felicidad de poderle acompañar compartiendo esos
momentos con mis familiares y allegados. Y
luego viene el duelo. Durante todos estos días voy recibiendo visitas,
llamadas y cartas para acompañarme en mi duelo; a las cuales estoy muy
agradecido. Hay viejos amigos que me animan a centrarme en mi familia,
trabajo y lo que sea, para dejar que vaya pasando el “mal trago” (y de
paso no pensar en ello). Por
otro lado hay también buenos amigos en la práctica que lo que me
recomiendan es aceptar lo ocurrido ya que es la rueda de la vida y de la
muerte, la impermanencia de las cosas, de las personas, que sólo estamos
de paso... pero sin invitarme a sentir mi interior. Son palabras sabias
pero si se quedan a un nivel mental y no son experimentadas, vividas y
encarnadas pueden convertirse en otra manera de evitar el sufrimiento, de
volver a mirar hacia otro lado, para no sentir el dolor de la pérdida,
para no vivir el duelo. En
mi opinión es muy importante vivir el duelo, tomarse el tiempo necesario
para despedirse y aprender a vivir con serenidad aún en la emoción. Si
por el contrario no lo hacemos por miedo o por no querer llegar a conectar
con lo que realmente sentimos, algo se quedará enquistado en nuestro
interior, sin solucionar; y cualquier día puede volver a aflorar de
diferentes maneras: emoción, enfermedad o cualquier otro desequilibrio. Ser
conscientes de que podemos morir en cualquier momento nos puede hacer
crecer o nos puede paralizar. Puede ser un motor para ir preparándonos
(sin convertirse en una obsesión), o bien hará que estemos
constantemente evadiéndonos de ello, evitando pensar en ello, ocupando
todo el día en cosas que nos mantengan distraídos como un libro o una
buena música, o incluso utilizando cualquier tipo de sustancias… Pero
¿cómo podríamos prepararnos para la muerte? ¿Cómo aprender a acompañar
al moribundo? Lo
primero que se me ocurre es no dando la espalda al sufrimiento propio ni
ajeno, a la enfermedad ni a la muerte. Contactar con nuestro sufrimiento
nos ayuda a conectar con el de los demás, a comprender que es parte de la
vida y tan importante en nuestro desarrollo como el placer. Acompañar
a personas en sus últimos momentos sin duda nos irá enseñando cómo
actuar con ellos. Existen numerosos libros sobre la muerte, escritos por
gente que se ha dedicado a acompañar a personas en su última agonía;
también testimonios de personas que han existido a lo largo de la
historia llegando a comprender la muerte a través de la vía mística,
religiosa o espiritual. A la vez podemos asistir a diferentes talleres teórico-prácticos
sobre la muerte que podrían ayudarnos frente al miedo. En
las artes marciales nos hablan de la figura del guerrero que está
dispuesto a morir en la batalla. Cuando el guerrero va a la lucha no tiene
miedo a la muerte: intentará sobrevivir, pero acepta que puede morir. Cada
vez que practicamos la lucha o el combate estamos entrenando de manera
simbólica la muerte. Cada golpe que recibimos en combate, cada vez que
nos desequilibran en la lucha del empuje de manos, morimos; de alguna
manera nuestro ego debe aceptar la derrota. Y es aquí donde podemos ir
preparándonos también para la muerte. A fin de cuentas es nuestro ego el
que hace que sintamos miedo a la muerte, a abandonar a los nuestros, al
desapego que supone morir. Cuando nuestro compañero consigue alcanzarnos
con una patada o un puñetazo pone a prueba a nuestro ego, el cual,
intentará responder de una manera más fuerte y contundente, a no ser que
estemos presentes para evitarlo. Si en empuje de manos el compañero nos
desequilibra lo más frecuente es que nos agarremos a sus brazos para así
no perder el equilibrio; de la misma manera que muchos de nosotros nos
intentamos agarrar a la vida si vemos que se acerca la muerte. Incluso
cuando alguien nos corrige un movimiento de la forma es una oportunidad
para experimentar la muerte de manera simbólica: nuestro ego debe
“morir” y aceptar que lo hacíamos mal. Todos estos ejemplos se dan a
menudo en nuestro entrenamiento y requieren de nuestra presencia para no
resistirnos, ni dejarnos llevar por la arrogancia y el orgullo. Cada
vez que descubrimos uno de nuestros patrones de comportamiento, reacciones
automáticas que ya vinieron con nosotros o las fuimos desarrollando en
nuestros primeros años de vida, queremos transformarlas y crecer como
personas. Pero para ello de nuevo nuestro ego debe morir. Cuando
en nuestra práctica descubrimos algo nuevo que hace que lo anterior no
nos sirva, debemos morir en lo viejo, para desplegarnos en lo nuevo. La
presencia que vamos desarrollando en la práctica de la meditación y de
la forma, así como en el resto de los aspectos del entrenamiento nos
ayudará sin duda al proceso que supone la muerte, a enfrentarnos al
sufrimiento de la pérdida y al duelo. En
mi caso siento que el Tai Chi me ha ayudado a aceptar la muerte de mi
madre, a despedirme de ella y a poder estar presente en el momento de su
partida con cariño, emoción y fuerza para ayudarle a dar el último
paso. Morir
(y también acompañar en el morir) es soltar, relajar; es espirar,
vaciarse; es caer, perder; es humildad, aceptación; es escuchar y
comprender... no deja de ser curioso que todas estas cualidades sean las
que más nos cuestan de aplicar no sólo en nuestro entrenamiento sino
también en nuestra vida cotidiana.
Juanolo (Diciembre- 2007) |