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NUESTRAS ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS 
 

por Teresa Beltran

DE NADA

 

            En las lenguas de nuestro entorno,  “Nada” proviene de “cosa nacida”, cosa producida, cosa surgida (res nata), de manera que en su origen cualquier cosa podía ser “Nada” o, lo que es lo mismo, “Todo”

En nuestra cultura y las lenguas que la expresan Todo y Nada  nacieron  mezclados y fundidos.

En el origen de muchos pueblos antiguos está la imagen y el mito antes que la razón y la historia; todo aquello que no puede ser comprendido o verificado por la mente  es sugerido por intuiciones simples y maravillosas, por poesía, por ritmos, por símbolos  que curiosamente la ciencia va racionalizando y aceptando como explicación “paralela”.

“En un principio no había formas. Nada existía. No se había configurado cosa alguna.

Todos los elemenos y átomos que un día conformarían la materia, se arremolinaban y bullían en un movimiento interminable, sin sentido…

Si hubiese existido un mortal  y hubiese podido contemplar la danza de los elementos, le habría parecido tan bella como la danza del polvo a la luz del sol.

 Pero no había polvo, sólo la danza interminable…”

Cuando  evocamos el comienzo de todo, el comienzo del universo, chocamos inevitablemente con el problema del lenguaje : la palabra “origen” sugiere un acontecimiento que se sitúa en el tiempo, pero en el momento presente de la ciencia moderna, “espacio”, “materia” y “tiempo” son inseparables, aparecen juntos: si existe un origen del universo hay a la vez un origen del tiempo. El “antes” no existe.

Por ahora la ciencia  acepta la teoría de la Gran Explosión (Big Bang) como la más probable explicación del origen del universo. Esto no significa que ése sea el origen de los orígenes, porque no se está seguro de que antes de ese acontecimiento no hubiera nada.

La imagen del Big Bang es nuestro horizonte en el espacio y en el tiempo, y nos referimos a él por comodidad, por poner un momento “cero” a nuestra historia, por definir un punto de partida, por necesidad de determinación; nuestras facultades mentales se tropiezan con terrenos movedizos e insondables y nada más alejado de la ciencia   que lo inverificable e indemostrable.

Si los hombres fuéramos seres planos viviendo en un mundo tridimensional, sólo podríamos percibir  la realidad en dos dimensiones, para nosotros el mundo sería largo y ancho y nada más. ¿Quién nos dice que no está pasando eso?

  ¿Por qué hay algo en vez de nada? se preguntaba ya Leibniz

 Parece ser que, como los computadores, nuestra mente funciona en  sistema binario: 1 o 0, blanco o negro, arriba o abajo, hombre o mujer, cielo o tierra, vacío o lleno, acción o no acción, conocimiento o ignorancia….

Pues bien, también existe la duda, que contiene tanto la certeza como la incertidumbre…y se dice que el origen del Tai Chi es incierto, que se pierde en la lejanía del tiempo.

Hablamos de origen en las cosas pequeñas, las de nuestros  días, nuestras vidas, las de nuestro pequeño mundo, las de nosotros mismos… Para cada persona su muerte es el punto final de lo que conocemos y nos suele poner tristes, pero es una alegría para el universo, que nos recicla y nos pone en seguida en movimiento, quizás con otra forma, otra cara, otro momento. Reciclar, ciclo, círculo, Círculo grande, Círculo pequeño… si pensamos en las cosas redondas  ¿dónde empiezan? y ¿dónde acaban?

 ¿Será que las cosas que no tienen origen son redondas, que no pueden ser nombradas, que no pueden ser pensadas?

El Tai Chi se suele evocar como lo” último supremo.”

En el origen está el Tai Chi, la no discriminación, la ausencia de extremos. No hay código binario

El Tai Chi es la madre del Yin y del Yang, pero el Tai Chi no es Yin o Yang,

“Antes  nada existía. No había formas, no se había configurado cosa alguna…”

 En la Forma, antes de que surja el movimiento, está el vacío.

 Es el momento de indeterminación, de quietud, de nada. No respiración. Pausa.

La conciencia se centra en el MingMen y se inicia el movimiento.

Inspiramos: empieza la determinación, la polaridad, el claro-oscuro: vivimos el Yin y el Yang, entramos en la danza, en  la danza de los elementos opuestos y complementarios, metidos en ella, provocándola, recibiéndola, revolviéndonos en ella.

 La conciencia  está presente, participa. Expiramos. Se acaban las secuencias, volvemos a la quietud.

 Todo vuelve al centro otra vez. Un punto, un vacío: Nada.    

Teresa Beltran