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En
las lenguas de nuestro entorno,
“Nada” proviene de “cosa nacida”, cosa producida,
cosa surgida (res nata), de manera que en su origen cualquier cosa
podía ser “Nada” o, lo que es lo mismo, “Todo”
En
nuestra cultura y las lenguas que la expresan Todo y Nada
nacieron mezclados
y fundidos.
En
el origen de muchos pueblos antiguos está la imagen y el mito
antes que la razón y la historia; todo aquello que no puede ser
comprendido o verificado por la mente
es sugerido por intuiciones simples y maravillosas, por
poesía, por ritmos, por símbolos
que curiosamente la ciencia va racionalizando y aceptando
como explicación “paralela”.
“En
un principio no había formas. Nada existía. No se había
configurado cosa alguna.
Todos
los elemenos y átomos que un día conformarían la materia, se
arremolinaban y bullían en un movimiento interminable, sin
sentido…
Si
hubiese existido un mortal y
hubiese podido contemplar la danza de los elementos, le habría
parecido tan bella como la danza del polvo a la luz del sol.
Pero
no había polvo, sólo la danza interminable…”
Cuando
evocamos el comienzo de todo, el comienzo del universo,
chocamos inevitablemente con el problema del lenguaje : la palabra
“origen” sugiere un acontecimiento que se sitúa en el tiempo,
pero en el momento presente de la ciencia moderna, “espacio”,
“materia” y “tiempo” son inseparables, aparecen juntos: si
existe un origen del universo hay a la vez un origen del tiempo.
El “antes” no existe.
Por
ahora la ciencia acepta
la teoría de la Gran Explosión (Big Bang) como la más probable
explicación del origen del universo. Esto no significa que ése
sea el origen de los orígenes, porque no se está seguro de que
antes de ese acontecimiento no hubiera nada.
La
imagen del Big Bang es nuestro horizonte en el espacio y en el
tiempo, y nos referimos a él por comodidad, por poner un momento
“cero” a nuestra historia, por definir un punto de partida,
por necesidad de determinación; nuestras facultades mentales se
tropiezan con terrenos movedizos e insondables y nada más alejado
de la ciencia que
lo inverificable e indemostrable.
Si
los hombres fuéramos seres planos viviendo en un mundo
tridimensional, sólo podríamos percibir la realidad en dos dimensiones, para nosotros el mundo sería
largo y ancho y nada más. ¿Quién nos dice que no está pasando
eso?
¿Por
qué hay algo en vez de nada? se preguntaba ya Leibniz
Parece
ser que, como los computadores, nuestra mente funciona en
sistema binario: 1 o 0, blanco o negro, arriba o abajo,
hombre o mujer, cielo o tierra, vacío o lleno, acción o no acción,
conocimiento o ignorancia….
Pues
bien, también existe la duda, que contiene tanto la certeza como
la incertidumbre…y se dice que el origen del Tai Chi es incierto,
que se pierde en la lejanía del tiempo.
Hablamos
de origen en las cosas pequeñas, las de nuestros
días, nuestras vidas, las de nuestro pequeño mundo, las
de nosotros mismos… Para cada persona su muerte es el punto
final de lo que conocemos y nos suele poner tristes, pero es una
alegría para el universo, que nos recicla y nos pone en seguida
en movimiento, quizás con otra forma, otra cara, otro momento.
Reciclar, ciclo, círculo, Círculo grande, Círculo pequeño…
si pensamos en las cosas redondas
¿dónde empiezan? y ¿dónde acaban?
¿Será
que las cosas que no tienen origen son redondas, que no pueden ser
nombradas, que no pueden ser pensadas?
El
Tai Chi se suele evocar como lo” último supremo.”
En
el origen está el Tai Chi, la no discriminación, la ausencia de
extremos. No hay código binario
El
Tai Chi es la madre del Yin y del Yang, pero el Tai Chi no es Yin
o Yang,
“Antes
nada existía. No había formas, no se había configurado
cosa alguna…”
En
la Forma, antes de que surja el movimiento, está el vacío.
Es
el momento de indeterminación, de quietud, de nada. No respiración.
Pausa.
La
conciencia se centra en el MingMen y se inicia el movimiento.
Inspiramos:
empieza la determinación, la polaridad, el claro-oscuro: vivimos
el Yin y el Yang, entramos en la danza, en
la danza de los elementos opuestos y complementarios,
metidos en ella, provocándola, recibiéndola, revolviéndonos en
ella.
La
conciencia está
presente, participa. Expiramos. Se acaban las secuencias, volvemos
a la quietud.
Todo
vuelve al centro otra vez. Un punto, un vacío: Nada.
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