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NUESTRAS ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS 
 

"Los Clásicos"
por
Teresa Beltran

LOS CLÁSICOS

 

             En el Canto V de la Odisea el héroe intenta llegar a su patria. Va sólo, ya  ha perdido a todos sus compañeros de viaje. Por fin la bella Calipso que lo retenía con sus encantos y vida  placentera, ha consentido su marcha; pero Odiseo  naufraga una vez más.   

            El dios del mar envía una enorme ola que destroza su balsa y lo arroja lejos.  Mucho tiempo permanece sumergido por el impetu de las olas y por el peso de sus ropas, regalo de la bella Calipso. Entonces, compadeciéndose de él, aparece una ninfa desde el fondo del mar: “Quítate esos vestidos, deja la balsa para que los vientos se la lleven y, nadando con las manos, procura llegar a tierra..., toma, extiende este velo inmortal debajo de tu pecho y no temas padecer, ni morir tampoco...” Y  desaparece en el mar.

            Pero el héroe, indeciso, piensa no obedecer todavia y actua según su propio juicio. Se sube a los maderos de la balsa como tabla de salvación, pues ve muy lejana aún la tierra. Sin dar tregua a más pensamientos, Poseidón alza una oleada tremenda, dificil de resistir, que desbarata los débiles maderos.... Ahora sí, ahora ya Odiseo se desnuda de sus vestidos, extiende prestamente el velo debajo de su pecho y se deja caer en el agua, con los brazos abiertos, deseoso de nadar.

             En esta obra tan vasta, tan llena de personajes, escenas y simbolismos estaba este episodio insignificante que no había percibido antes..¡Hay tantas cosas en las que fijarse! Pero hace poco, releyendo una versión juvenil, esta escena me saltó a la vista, como sacudiéndome, sorprendiéndome... un personaje muy secundario que sólo está ahí para ayudar a Odiseo diciéndole que se desprenda y se abandone, que confíe,... cosa que él no hace, pues le es necesario un golpe de mar aún más tremendo para vencer su resistencia y la confianza que tiene en su inteligencia, en su perícia, en sí mismo...

             Muchos de nosotros leemos a los clásicos del Tai Chi, manejamos los conceptos, la filosofía, los comentarios, podemos citar a los autores, sabemos muchas cosas... y eso está muy bien. Nuestros “clásicos”, menos de moda, también contienen toda la sabiduria que seamos capaces de ver en ellos. Aparecen a la vista cuando quizás estemos preparados y dispuestos a verlos. Han estado ahí siempre, forman parte de nuestro pasado y de nuestro presente,  y como todo lo que necesitamos para vivir y para crecer...están cerca, esperándonos.

             En el camino de desarrollo personal que hemos comenzado, a menudo nos encontramos con pequeñas, insignificantes cosas: un ligero cambio de postura nos puede mantener en equilibrio, una palabra cariñosa nos puede animar durante todo el día, una tajada más de melón puede dejar a alguien sin postre, una pequeñísima cantidad de energía, en el momento justo, puede derribar a nuestro oponente, un momento de ausencia, y nuestra confianza se tambalea...

            Cuando el héroe regresa por fin a su casa va sólo. Está muy cambiado, su apariencia contradice su antigua posición de rey. Llega pobre, despojado, transformado. Nadie lo reconoce, excepto dos personajes insignificantes: su perro –que espera verlo antes de abandonarse a la muerte_, y su  vieja aya , que lo había cuidado de niño. Las demás personas importantes en su vida dudan o niegan la realidad de su presencia. Sólo dos seres insignificantes reconocen la esencia de Odiseo.

           Y aún después de haber padecido tantas aventuras, tantas desgracias, tantas pérdidas, Odiseo tiene que luchar. Lucha por recuperar su espacio y su identidad. Hace veinte años que salió de casa: todo el camino recorrido en círculo para llegar al mismo sitio, y aún así tiene que seguir luchando, ahora contra lo que tiene en su propio interior.

           Después el poema calla, queda abierto para todos, la vida sigue su curso, insignificante...

           La meta y el fin no se narran... más allá del camino y la lucha interior no hay materia de epopeya.        

Teresa Beltran