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En el Canto V de la Odisea el héroe intenta llegar a su
patria. Va sólo, ya ha
perdido a todos sus compañeros de viaje. Por fin la bella Calipso
que lo retenía con sus encantos y vida
placentera, ha consentido su marcha; pero Odiseo naufraga
una vez más.
El
dios del mar envía una enorme ola que destroza su balsa y lo
arroja lejos. Mucho
tiempo permanece sumergido por el impetu de las olas y por el peso
de sus ropas, regalo de la bella Calipso. Entonces, compadeciéndose de él, aparece una ninfa desde el
fondo del mar: “Quítate
esos vestidos, deja la balsa para que los vientos se la lleven y,
nadando con las manos, procura llegar a tierra..., toma, extiende
este velo inmortal debajo de tu pecho y no temas padecer, ni morir
tampoco...” Y desaparece
en el mar.
Pero el héroe, indeciso, piensa no obedecer todavia y
actua según su propio juicio. Se sube a los maderos de la balsa
como tabla de salvación, pues ve muy lejana aún la tierra. Sin
dar tregua a más pensamientos, Poseidón alza una oleada
tremenda, dificil de resistir, que desbarata los débiles maderos....
Ahora sí, ahora
ya Odiseo se desnuda de sus vestidos, extiende prestamente el velo
debajo de su pecho y se deja caer en el agua, con los brazos
abiertos, deseoso de nadar.
En esta obra tan vasta, tan llena de personajes, escenas y
simbolismos estaba este episodio insignificante que no había
percibido antes..¡Hay tantas cosas en las que fijarse! Pero hace
poco, releyendo una versión juvenil, esta escena me saltó a la
vista, como sacudiéndome, sorprendiéndome... un personaje muy
secundario que sólo está ahí para ayudar a Odiseo diciéndole
que se desprenda y se abandone, que confíe,... cosa que él no
hace, pues le es necesario un golpe de mar aún más tremendo para
vencer su resistencia y la confianza que tiene en su inteligencia,
en su perícia, en sí mismo...
Muchos de nosotros leemos a los clásicos del Tai Chi,
manejamos los conceptos, la filosofía, los comentarios, podemos
citar a los autores, sabemos muchas cosas... y eso está muy bien.
Nuestros “clásicos”,
menos de moda, también contienen toda la sabiduria que seamos
capaces de ver en ellos. Aparecen a la vista cuando quizás
estemos preparados y dispuestos a verlos. Han estado ahí siempre,
forman parte de nuestro pasado y de nuestro presente,
y como todo lo que necesitamos para vivir y para crecer...están
cerca, esperándonos.
En el camino de desarrollo personal que hemos comenzado, a
menudo nos encontramos con pequeñas, insignificantes cosas: un
ligero cambio de postura nos puede mantener en equilibrio, una
palabra cariñosa nos puede animar durante todo el día, una
tajada más de melón puede dejar a alguien sin postre, una pequeñísima
cantidad de energía, en el momento justo, puede derribar a
nuestro oponente, un momento de ausencia, y nuestra confianza se
tambalea...
Cuando el héroe regresa por fin a su casa va sólo. Está
muy cambiado, su apariencia contradice su antigua posición de rey.
Llega pobre, despojado, transformado. Nadie lo reconoce, excepto
dos personajes insignificantes: su perro –que espera verlo antes
de abandonarse a la muerte_, y su
vieja aya , que lo había cuidado de niño. Las demás
personas importantes en su vida dudan o niegan la realidad de su
presencia. Sólo dos seres insignificantes reconocen la esencia de
Odiseo.
Y
aún después de haber padecido tantas aventuras, tantas
desgracias, tantas pérdidas, Odiseo tiene que luchar. Lucha por
recuperar su espacio y su identidad. Hace veinte años que salió
de casa: todo el camino recorrido en círculo para llegar al mismo
sitio, y aún así tiene que seguir luchando, ahora contra lo que
tiene en su propio interior.
Después
el poema calla, queda abierto para todos, la vida sigue su curso,
insignificante...
La
meta y el fin no se narran... más allá del camino y la lucha
interior no hay materia de epopeya.
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