|
Unos hombres marchan en fila.
No son muchos, apenas diez, y son negros.
Con las mujeres, los jóvenes
y los niños, unos cincuenta: ese es su grupo.
Hoy no salen a cazar, hoy
buscan a otra tribu por un asunto de robo, un insulto; uno tras
otro, en silencio, acompañan al hombre ofendido.
“Hombres” se llaman a sí
mismos, solamente hombres, en medio de la vasta selva del
Territorio Norte, que ocupan de antiguo: la Era del Sueño, 50.000
antes de Cristo.
Los otros estan esperando,
pintados del rojo color de la tierra, otros trazos blancos en sus
caras -grupo distinto-, y no llegan a ser más de siete u ocho,
con las lanzas de madera apostadas, en fila abierta. Intercambio
de palabras que quizás no sean ni insultos, la pendencia se
decide arrojando las armas de frente, por turnos: no hay protección
ni la buscan, no se apartan, su honor quedaría perdido. Saltando
de un lado a otro, las esquivan.
La suerte dará la razón a
uno o al otro grupo y con eso están satisfechos, satisfecha la
ofensa al grupo.
Una lanza se ha clavado en el
costado del hombre y ha caido; los de enfrente se dan la vuelta y
se marchan, no hay nada más que hacer, han vencido. El hombre aún
puede andar y con la ayuda del grupo llega hasta sus mujeres,
ellas curan la herida pero él no mejora: buscan al hombre del
bosque, el mago de todas las tribus. Este hombre está herido de
muerte, dice, por dentro está malherido.
Empieza
la ceremonia.
El hombre echado boca arriba
en el centro, inmóvil, los demás sentados cerca,
alrededor,empiezan a hacer sonar los instrumentos: dos trozos de
madera pintada con dibujos, cada uno con sus propios dibujos, sus
diseños, su sonido. Las mujeres desde más atrás observan y
lloran, y nadie acallará sus gemidos. El brujo se acerca al
hombre, de rodillas se agacha y junto a la tierra le dice al oido:
“vas a morir”.
Empiezan los cantos monótonos, la música de la muerte suena
y al oirla, hombre que está moribundo comprende: su último, su
supremo esfuerzo es levantarse y
bailar la danza de su propia muerte, muy sencilla, muy
potente. Cuando cae desplomado, otros dos hombres ocupan su sitio,
la danza no puede parar, él aún respira, rendido sobre la tierra.
Siguen los cantos, la madera golpeada, los chasquidos..., pasa el
tiempo, ya se ha ido.
Se ha ido a la laguna, vuelve
a ser un pececillo que salió del agua para ser hombre una vez, y
de nuevo otra vez al rio. Miles de peces tiene allí el lago, y de
ellos vive la tribu, unos grandes, otros viejos, otros altos y
rubios, o blancos, dorados, morenos...pececillos, pececillos que a
veces miran arriba, esperando si van a saltar otra vez.
Pasa
en silencio, una tras otra, la sombra de nueve canoas, mañana
quizás serán diez, o doce, o ninguna.Ya hoy ninguna.
Pere, para criar bien a un niño
es precisa toda la tribu y la vida por delante; para destrozarlo,
basta un misil, un instante: el Líbano. Si el niño ha podido
crecer y es ya hombre,
o si se ha ido..., para nacer y también para morir, es mejor que
esté la tribu.
Y yo, en esos momentos,
estaba en el cine.
“Ten canoes” de Rolf
de Heer y los aborígenes. Australia. Julio, 2006
|