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NUESTRAS ENTREVISTAS Y ARTÍCULOS 
 

"Canoas"
enviado por
Teresa Beltran

10 CANOAS

 

Unos hombres marchan en fila. No son muchos, apenas diez, y son negros.

Con las mujeres, los jóvenes y los niños, unos cincuenta: ese es su grupo.

Hoy no salen a cazar, hoy buscan a otra tribu por un asunto de robo, un insulto; uno tras otro, en silencio, acompañan al hombre ofendido.

“Hombres” se llaman a sí mismos, solamente hombres, en medio de la vasta selva del Territorio Norte, que ocupan de antiguo: la Era del Sueño, 50.000 antes de Cristo.

Los otros estan esperando, pintados del rojo color de la tierra, otros trazos blancos en sus caras -grupo distinto-, y no llegan a ser más de siete u ocho, con las lanzas de madera apostadas, en fila abierta. Intercambio de palabras que quizás no sean ni insultos, la pendencia se decide arrojando las armas de frente, por turnos: no hay protección ni la buscan, no se apartan, su honor quedaría perdido. Saltando de un lado a otro, las esquivan.

La suerte dará la razón a uno o al otro grupo y con eso están satisfechos, satisfecha la ofensa al grupo.

Una lanza se ha clavado en el costado del hombre y ha caido; los de enfrente se dan la vuelta y se marchan, no hay nada más que hacer, han vencido. El hombre aún puede andar y con la ayuda del grupo llega hasta sus mujeres, ellas curan la herida pero él no mejora: buscan al hombre del bosque, el mago de todas las tribus. Este hombre está herido de muerte, dice, por dentro está malherido.

Empieza  la ceremonia.

El hombre echado boca arriba en el centro, inmóvil, los demás sentados cerca, alrededor,empiezan a hacer sonar los instrumentos: dos trozos de madera pintada con dibujos, cada uno con sus propios dibujos, sus diseños, su sonido. Las mujeres desde más atrás observan y lloran, y nadie acallará sus gemidos. El brujo se acerca al hombre, de rodillas se agacha y junto a la tierra le dice al oido: “vas a morir”.

 Empiezan los cantos monótonos, la música de la muerte suena y al oirla, hombre que está moribundo comprende: su último, su supremo esfuerzo es levantarse y  bailar la danza de su propia muerte, muy sencilla, muy potente. Cuando cae desplomado, otros dos hombres ocupan su sitio, la danza no puede parar, él aún respira, rendido sobre la tierra. Siguen los cantos, la madera golpeada, los chasquidos..., pasa el tiempo, ya se ha ido.

Se ha ido a la laguna, vuelve a ser un pececillo que salió del agua para ser hombre una vez, y de nuevo otra vez al rio. Miles de peces tiene allí el lago, y de ellos vive la tribu, unos grandes, otros viejos, otros altos y rubios, o blancos, dorados, morenos...pececillos, pececillos que a veces miran arriba, esperando si van a saltar otra vez.

 Pasa en silencio, una tras otra, la sombra de nueve canoas, mañana quizás serán diez, o doce, o ninguna.Ya hoy ninguna.

Pere, para criar bien a un niño es precisa toda la tribu y la vida por delante; para destrozarlo, basta un misil, un instante: el Líbano. Si el niño ha podido crecer y es ya  hombre, o si se ha ido..., para nacer y también para morir, es mejor que esté la tribu.

Y yo, en esos momentos, estaba en el cine.

“Ten canoes” de Rolf de Heer y los aborígenes.  Australia. Julio, 2006

Teresa Beltran