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“Quietud en movimiento,
movimiento en la quietud, separados y sin embargo conectados,
hundiéndose a la vez que expandiéndose, retrocediendo mientras
se proyecta hacia delante, con los brazos en disposición
circular, prontos a recibir. El practicante de Tai Chi cultiva
en solitario el jing y el chi: con cuánta suavidad cambia, baja,
gira… sin prisa, nunca de manera forzada, ensartando las
posturas de la forma en un movimiento ondulante.” S. Martin
Con frecuencia nos referimos
al Tai Chi como un
arte.
Arte, habilidad, técnica, método, práctica, artesanía, artilugio,
artimaña…
Cuando he querido explicar a las personas que me rodean
que practicaba Tai Chi y se me han quedado mirando con
cara interrogante, me he encontrado con una de las mayores
dificultades que
tiene, en mi opinión, este arte marcial interno: decir qué es,
definirlo con palabras; aún contando con la buena disposición
de la persona que escucha,
una se queda con la sensación de que no ha sabido
transmitir ni siquiera un ápice de su experiencia personal, y
mucho menos de los intentos de definición que ha leído en los
libros, de manera
que la solución ha sido contestar: “está bien, vale la pena
probar…” y confiar en la receptividad, en la intuición, de
la otra persona, o, en el otro extremo, decir: “es una manera
de vivir, de estar en el mundo…” y arriesgarse
a que esa rotundidad tan vaga se pierda en el aire que se
lleva tantas y tantas palabras… porque de palabras se trata:
cuando decimos “marcial”, todo el mundo entiende
más o menos “puñetazos”, lo de “interno” es fácil,
es “de dentro”, y no nos paramos a pensar más, pero eso de
“arte” ¿qué significa?
Porque lo que se entiende por Arte nos indica ya algo no
físico, algo superior, una cualidad inmaterial, una sensibilidad para expresar la belleza, una
habilidad para crear , para diseñar, para evocar, para producir
belleza… y ¿cómo es que algo tan bruto como un puñetazo
puede darse bellamente?
En la mitología clásica _cada uno comparte lo que
tiene_ Afrodita, la diosa de la belleza, se une en matrimonio a
Hefesto, el dios feo que con habilidad
trabaja los metales en el interior de la tierra y
fabrica las armas para los dioses. La técnica
unida a la belleza es
la que produce el arte, nos está diciendo la fábula, y
nosotros lo expresamos con un gesto de las manos cuando acabamos
la Forma: un puño cerrado, fuerte, envuelto por la otra mano,
arropándolo suavemente, casi acariciándolo: lo duro, lo
fuerte, envuelto en la suavidad, contenido por la ligereza.
Una aguja en
un copo de algodón,
quietud en el movimiento, movimiento en la quietud…
Siguiendo con los clásicos de Occidente, Atenea es la diosa que enseñó
a los hombres el cultivo de las artes, de las artes aplicadas,
porque ella, como divinidad femenina, representa la inteligencia
práctica y los artesanos, sin llegar a ser artistas, son los
que hacen con sus manos objetos
útiles y a la vez bellos.
Atenea tuvo un pleito con una joven llamada Aracné, una bellísima
y habilidosa tejedora
que, quizás porque venciera
en la disputa, quizás porque era más bella que la propia diosa,
fue condenada a tejer eternamente.
Las
fábulas nos enseñan de una manera muy simple, como la propia
naturaleza: están delante
hasta que nos paremos a verlas.
En la revista
TAI CHI & Alternetive Health leí este artículo de Steve
Martin. Me pareció interesante ponerlo aquí.
Es un artículo que yo
he interpretado así:
“Decidí probar métodos para desarrollar y mejorar
la coordinación de mis brazos, piernas, cadera y columna
en la práctica del empuje de manos.
Cuando
había empezado la segunda secuencia y me movía en diagonal, mi
mirada se posó sobre una tela de araña que se extendía entre
dos plantas. La
humedad dejada por el rocío de la mañana la hacía brillar y así
pude percibir ligeramente la forma de la tela y su
construcción en espiral. Observándola atentamente ví en el
centro de la tela a la araña, quieta, sin otro movimiento que el
ligero temblor que la brisa provocaba en la tela, agitándola aquí
y allá.
Al
acercarme ví cómo la araña empezaba a moverse
hacia una zona de la tela donde empezó a reparala o a
construir una sección nueva.
La observé tejiendo su red y
un rato después me dí cuenta de que el Tai Chi teje
también una red;
esto me llevó rápidamente
a ver las semejanzas entre la araña y el Tai Chi con la
intención de captar una perspectiva diferente de la Forma:
relacionarla con nuestro
entorno natural nos proporciona una comprensión más profunda y
rica, y podemos
llegar a apreciar que el Tai Chi es, en realidad, un aspecto de la
naturaleza.
La
araña hila hábilmente su tela con filamentos de seda. Primero
crea una estructura sobre la que hace girar la espiral de hilos de
su red. La tela se construye como
sobre la sólida base de
un tambor alrededor de su perímetro, con el centro como
lugar de máxima vibración.
La araña usa dos clases de hilos: uno pegajoso que sirve
para atrapar la presa, y otro no adherente, sutil, que envía
vibraciones a través
de la tela; la fuerza
de ésta reside no tanto en la calidad de la seda como en el firme
basamento de su estructura.
Las
posturas de la Forma en Tai Chi deben ser estables, cultivando el
filamento de seda hacia adentro y hacia fuera
antes de introducir la práctica del movimiento en espiral.
El practicante construye a su alrededor un perímetro defensivo
que abarca por completo todo el espacio del combate atrayéndolo
hacia sí. Cualquier fuerza
que intente penetrar ese espacio envía vibraciones que se sienten
desde el centro.
La
fuerza del Tai Chi proviene de años de práctica de Chi Kung, la
habilidad para adherirse, de la práctica constante y atenta del
empuje de manos. Ambas se reúnen mediante el sedoso
movimiento en espiral
_por dentro y por fuera_, en una ininterrumpida conexión a
través de las articulaciones del cuerpo, entrenadas en la Forma
del Tai Chi.
La
tela de la araña es
casi invisible y este espejismo es lo que la convierte en una
trampa mortífera. La seda usada por la araña es tan fina que
resulta difícil de ver; su presa no percibe el peligro que tiene
delante y no adopta por tanto ninguna acción evasiva. . Cuando
una mosca volando
choca con una tela de araña se encuentra de pronto paralizada en
pleno vuelo. En medio de su confusión cae entre los pegajosos
hilos dispuestos en circunferencia que le impiden cualquier
posibilidad de escapar. A la vez, las vibraciones
del choque con la tela
son enviadas hacia el centro a través de los hilos radiales que, como
cables telegráficos, alertan
a la araña de
que hay una presa. Si la mosca se resiste luchando corre el riesgo
de enredarse aún más en
la tela, cosa que paradójicamente es su única posibilidad de
supervivencia.
De
la misma manera, no hay que ver el Tai Chi
como una serie de movimientos ligeros y fluidos.
Sólo
después de haber
entrado en contacto con él se
manifiesta como un
arte marcial realmente efectivo. Como la araña, el practicante de
Tai Chi usa la
adherencia para
conectar con el oponente. También debe ser capaz de seguirlo y
cambiar sin empeñarse en responder a los intentos de
ataque que experimenta en su adversario. Por lo tanto los
movimientos de
sus “hilos de seda”, hacia
adentro y hacia fuera, deben contener la capacidad de sujetar,
pegarse y neutralizar inmediatamente al contrario sin perder en
absoluto la libertad
para cambiar en un instante. Adherirse demasiado es desperdiciar
el método del Tai Chi para adaptarse, ya que un contacto excesivo
en la pierna o brazo que recibe impedirá este proceso y
ahogará la habilidad de leer y controlar con la escucha cualquier
cambio en la fuerza que se dirige hacia nosotros.
La
cualidad de seda del Tai Chi es la verdadera naturaleza de su red
y actúa para atrapar a todo lo que revolotee demasiado cerca.
La
araña ataca a su presa para asegurarse el alimento. Una vez que
la tela ha hecho su papel y ha
atrapado la presa para su dueña, la araña se dirige allí
y usa sus colmillos para envenenar a su víctima antes de
envolverla en un capullo de seda para comérsela después. La araña
no va buscando a su presa, simplemente la invita a comer a su
mesa.
El practicante de Tai Chi no va tras sus posibles oponentes
sino que usa sus
habilidades conscientemente si la situación lo requiere. Cuando siente un espacio vacío
en el ataque del contrario, la cualidad de la seda
lo hará percibir cuál es la fuerza, la dirección, la
intención del ataque y podrá responder a gran velocidad.
Los movimientos de la Forma lo proveen
de los recursos en movimientos
defensivos.
Adherirse, conectar y seguir son las destrezas del Tai Chi.
La adherencia es la red, la conexión son las vibraciones por
los hilos cuando se atrapa una presa, y seguir al contrario es la
araña buscando su presa para
dominarla. Si
pensamos en esta analogía en nuestro entrenamiento, entonces
tejeremos nuestra propia red para abarcar el espacio
de combate que
nos rodea; la cualidad interna y externa de la seda es la
verdadera base de la que parten todas las técnicas de combate.
Sentir es conocer, conocer
es dominar, dominar es ganar, ganar es sobrevivir. La naturaleza
trata de la supervivencia. Considerar el Tai Chi desde diferentes
perspectivas añadirá una
comprensión del arte más profunda, pues el arte interno del Tai
Chi forma parte del Ultimo Supremo y el
Ultimo Supremo es la naturaleza propiamente dicha.
Intentemos mirar cómo la
naturaleza ha producido tal
variedad de caminos para enfrentarse al ataque
y a la defensa a través de diversas estructuras llamadas Formas de vida. ¡Puede
ser interesante!”
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